Gastronomía punto y coma
Estimado visitante, en este apartado de mi web tendrá la ocasión de poder leer mis artículos semanales relacionados con la gastronomía.
Espero que disfrute.
Indice
1. La patata. - 2. La técula mécula - 3. Le macarón - 4. El Cuy - 5. La Casquería - 6. Erizos de Mar - 7. La panza y la danza - 8. La prensa - 9. El chocolate - 10. Suquet de peix - 11. Comer en Pamplona - 12 El arenque - 13 Comer en Londres - 14 Comer en París - 15 La trufa - 16 Comer en París II - 17 Cantabria infinita -18 El cocido Lebaniego - 19 El Landa - 20 Comer en París III - 21 La pasta - 22 Comer en Lisboa - 23 Comer en New York - 24 Faisander - 25 La becada - 26 La anguila - 27 La paella - 28 El pez San Pedro - 29 Ubicuidad o marketing? - 30 Comer en Ciudad del Cabo - 31 Comer en Cidudad del Cabo II - 32 El Sorropotún - 33 La hamburguesa - 34 La espardeña - 35 Comer en Bruselas - 36 Cena de fin de año - 37 La cocina Riojana - 38 Los mejillones. - 39 Comer en Cataluña I - 40 Comer en Cataluña II - 41 Salmonetes - 42 Comer en Córdoba 43 Riñones de cordero - 44 Comer en Cartagena - 45 Comer en España - 46 Comer en Ezcaray - 47 Comer en Burdeos - Comer en Salamanca - 49 Comer en Valladolid - 50 Comer en comer en Barcelona (III) - 51 Los guisantes del Maresme - 52 Comer en Viena - 53 Comer en Paris - 54 Comer en Guetaria - 55 Comer en Niza - 56 Comer en París IV. Hotel Bristol. - 57 Comer en Roma - 58 Los 50 de la fama - 59 Peces del Ebro - 60 Comer en San Sebastián - 61 Comer en Nápoles - 62 La costa Amalfitana - 63 Cuando cocinan los ángeles - 64 Comer en Milán - 65 Comer en Santander - 66 Comer en Roma II - 67 Hierbas culinarias (I) - 68 Hierbas culinarias (II) - 69 Hierbas culinarias (III) - 70 Hierbas culinarias (IV) - 71 Hierbas culinarias (V) - 72 Comer en Alemania - 73 Comer en Bélgica - 74 Pochas - 75 Comer en Francia (I) - 76 Comer en Grecia - 77 Comer en Austria - 78 Comer en Sicilia
Al gastrónomo le gusta Italia. Quienes le
conocen le han oído decir en más de una ocasión: “Si algún día me pierdo,
buscadme en Italia, tenéis que centraros en Sicilia, ir a Taormina y una vez
allí pasar por el hotel San Doménico. Allí estaré”. Sicilia. Tantos siglos
hospedando a tan diferentes culturas, han grabado en su carácter unos rasgos
inconfundibles, rasgos que también se notan en su cocina. Por eso, y por si
alguna vez caen por allí, permítanme que les recomiende un rinconcito
encantador: se trata del “Grand Hotel Timeo” (Vía Teatro Greco 59. Tfno:
3909426270200). Si pueden vayan un día soleado, pidan que les den una mesa sobre
la bahía y disfrútenla con tranquilidad mientras saborean un “Negroni”. Luego el
menú es sencillo. Para beber, un Tasca d’Almerita, ese maravilloso Chardonnay
siciliano (cuidado que “pega”, que son 15º) y para comer, unos “arancini” como
entremés (croquetas redondas y anaranjadas por el azafrán y fritas en aceite de
oliva) no pidan más de dos, máximo tres; unos macarrones “Norma” (especialmente
gloriosos) o una “parmigiana di melanzane” (por favor con queso “pecorino”, no
con “mozzarella”, que no estamos en Nápoles) y para finalizar unos rollitos de
“pesce spada alla palermitana” que le darán al Chardonnay su verdadera
personalidad. ¿Postre?... Sí, claro que sí, y además obligado, pero
lamentablemente no aquí. Ya se imagina el gastrónomo que quizás esto les
moleste, pero un día es un día y el que algo quiere, algo le cuesta. Por eso
háganme caso, terminen de comer, tranquilos, y saliendo del restaurante pidan
que les lleven a la “Pasticcería Gelatería d’Amore” está en Vía Consttantino
Patricio (creo que en el 28) y, una vez allí, pidan que les den los típicamente
sicilianos “cannoli”, esos rollitos de pasta rellenos de queso ricotta y sabor a
chocolate, o vainilla, o marsala. ¿Saben cómo son? ¿No? ¿Han visto “El padrino”
III?, pues son los pastelitos que Connie da a don Altobello para que disfrute de
la ópera. ¡Y vaya si disfruta!, como que estaban de morirse. Y es que así están
esos cannoli: de morirse, créanme
Por esas cosas que la
vida tiene hace ya demasiados años que el gastrónomo no ha vuelto a Viena. Y lo
malo no es eso, lo malo es que tampoco ha vuelto a esquiar a Chamonix, a oir
música en Salzburgo, ni a mojar la mosca en aquellos ríos de Katschberg que tan
bien le “pagaron”. No es muy amante el gastronómada de la cocina austriaca, todo
hay que decirlo. No llega a opinar, como lo hace su amigo Franz, que decir adiós
a sus bollos y sus dulces es despedirse de la pura cocina austriaca, aunque
reconoce que a más de malintencionada esta afirmación tiene, aunque poco, algo
de verdad. No en vano el éxito de esta cocina siempre fue el saber tomar las
mejores tradiciones culinarias de Bohemia, Hungría, Italia y los Balcanes y
mezclarlas para obtener platos excepcionales. Y es de esta cocina de la comarca
de Salzburgo, donde Katschberg se encuentra, de la que el gastronómada tiene
apuntados un par de detalles que si se lo permiten compartirá con ustedes. Uno:
es curioso el partido que le sacan a casi nada. Los “kasnockerln” son unos
trocitos de masa de harina, leche y huevo con cebollino y queso, que luego se
fríen en mantequilla. Ddeliciosos de verdad. Repetir. Dos: en los postres, si se
quiere salir del “apfelstrudel”, cosa ésta a la que no encontramos razón de ser,
hay que refugiarse en el “salzburger nockerln” que, a más de un icono de la
repostería austriaca, es como un suflé de nubecilla vienesa. Inolvidable. Pero
no quiere el gastrónomo abandonar esta página sin contarles que, un buen día y
sabedor Franz de lo que al gastronómada le gusta la casquería, le pidió a Helga,
su mujer (un beso desde aquí Helga) que les cocinase un “beuschel”. Siento no
poder contarlo tan bien como la experiencia lo merece. El feo nombre de beuschel
(cocinado de pulmón), esconde un sabrosísimo guiso de corazones, riñones y
pulmones de vaca, con los que se cocina una especie de ragú que luego se sirve
con una crema agria. De verdad, si tienen ocasión de probarlo y están en un
sitio de su total confianza, no dejen de hacerlo. Es un plato increíblemente
sabroso a la par que particular. En serio.
Hacía
tiempo que el gastrónomo no se daba una vuelta por Grecia. Mucho han cambiado
las cosas (a peor) desde que el gastronómada, allá por el sesenta y ocho la
visitara por primera vez, pero no hablemos de economía… nosotros a la nuestro.
Aunque es variada la cocina griega, siempre mediterránea, cuenta con dos
componentes que la caracterizan: el aceite de oliva y el cordero. Tampoco está
mal. Dos buenos mimbres para hacer un cesto. Y ocurre que con este tiempo que no
para de pasar, han cambiado un poco las costumbres del gastrónomo, al que cada
vez le gusta menos viajar y cada vez más estar en los sitios, por esto hoy, más
que una serie interminable de preparados griegos, les propondré una experiencia
gastronómico-sensorial, que estoy seguro será de su agrado. Imaginen, están en
Atenas. Previamente han reservado (si no, no habrá nada que hacer) una mesa con
vistas (en la terraza) a la Acrópolis, en el Restaurante Strofi (Robertou Galli
25. Acrópolis. Tfn: 210 921 4130). Lleguen con tiempo, mejor a cenar que a comer
porque la puesta de sol es de postal. Acomódense y con tranquilidad pidan unos
“meze” (es una selección de aperitivos) acompañados de “ouzo” (un aguardiente
-55º- con sabor a regaliz dulce, que recuerda ligeramente al partís francés).
Pidan también que, antes de los meze y sólo para ir jugueteando con la espera,
les traigan un poco de “tzatzik”, esa crema celestial de yogourt, pepino, ajo,
aceite y albahaca. Y cuando lleguen, y con la misma tranquilidad, vayan
disfrutando de las “spanacotiropitas” (empanadillas muy pequeñas de queso feta y
espinacas), de los “dolmades” (hojitas de parra rellenas de carne y/o arroz) y
de las iluminadas columnas del Partenón. Despacio, que no hay prisa. ¿Otro ouzo?
Viene ahora esa duda tan difícil de resolver pero que el arte culinario griego
resuelve tan fácil, ¿qué pedimos de plato principal? No hay ninguna duda: “moussaka”,
esa maravillosa especie de lasagna, con láminas de berenjena en lugar de láminas
de pasta, que el gastrónomo acompañaría con un Mavrodaphne Patras. Luego, un
“daklawás” (pastel relleno al horno) y todos los cafés griegos que aguanten. De
nada.
Le
gusta al gastrónomo comer en Francia, mas reconociendo que el país vecino es un
pastel demasiado grande para comerlo de un bocado y sabedor de la conveniencia
de masticar bien antes de tragar, propone degustarlo sin prisa… pero sin pausa.
De entrada hay que reconocer que la gastronomía gala está considerada como una
de las más importantes del mundo, y no únicamente por sus preparados sino
también por su refinamiento. Prueba suficiente fue su inclusión a finales de
2010 en el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, cosa esta nada
baladí. Pero quiere ahora el gastronómada, en evitación de que repitan ustedes
muchos de los errores que él cometió, diferenciarles los tipos de
establecimientos del país vecino, donde se sirve comida y bebida. Así: el
restaurante que nada tiene de especial, más o menos lujo, mejor o peor cocina y
a seleccionar platos y vinos de los correspondientes menús. El bistrot o bistró:
más pequeño que el anterior, de carácter familiar y donde los menús suelen
dictarse verbalmente o se escriben cada día en una pizarra. El bistrot à vin:
similar a una taberna y cuyo nombre ahora está evolucionando al de “Vinoteca. La
brasserie, que en su origen se refería a las fábricas de cerveza que solían
disponer de una taberna donde se podía comer (hoy en día una brasserie ofrece,
además de bebidas una pequeña selección de platos para acompañarlas). El café:
que no se debe de confundir con las cafeterías y que son la primera opción para
el consumo de cafés y bebidas alcohólicas (aunque hay excepciones, no debe de
olvidarse que no están destinados al consumo de comida). El bar y que a pesar
del nombre norteamericano, es simplemente un establecimiento destinado a bebidas
alcohólicas más sofisticadas (cócteles, licores...) y a un público por lo
general más nocturno. El famoso “bouchon”: restaurantes típicos de Lyon, cuyo
nombre proviene de la antigua costumbre de poner una figura de paja con forma de
boca a la puerta de los establecimientos donde se servía vino. Y los staminet,
esos restaurantes típicos de la región Norte-Paso de Calais, hoy prácticamente
desaparecidos, antiguos lugares de reunión de las clases trabajadoras, en los
que el gastrónomo pasó tantas de sus horas alrededor de una mesa. Seguiremos.
El gastrónomo no quiere
olvidar ni que es riojano ni que hoy es San Mateo. Por eso, y por devoción más
que por obligación, quiere hablarles hoy de las “pochas”. Al gastrónomo, cuando
está fuera de La Rioja, en muchas ocasiones le han preguntado el por qué a las
“pochas” se les llama “pochas” y él siempre da la explicación que a él un día le
diera su tío Tomasín, el de Castilseco: “Hay veces que no estás bueno, pero
tampoco estás malo y, por eso, cuando te preguntan qué es lo que te pasa, dices:
“No sé… que estoy “pocho”. Ni bueno, ni malo; ni verdes, ni secas, sencillamente
“pochas”. Bueno pues, venga su nombre de donde venga, es obligatorio reconocer
antes de nada que estamos hablando de uno de los platos privilegiados de nuestra
gastronomía riojana. A pesar de tener la piel algo más recia, al gastrónomo le
gustan más las pochas arriñonadas que las redondas (Boio), aunque la verdad es
que en siendo pocha del Ebro, lo mismo le da una que otra. Las “pochas”, en sus
diferentes preparaciones, son plato típico de La Rioja donde la tradición manda
comerlas con codornices; de Navarra, donde mandan las “pochas” estofadas, y de
Alava, (que aunque menos… también). Difícil sería para el gastrónomo recordar
los buenos platos de “pochas” que la vida le ha dado a disfrutar si no fuera
porque hay cuatro que siempre vivirán en su recuerdo: las “pochas” con cordero
que hacía su difunta madre, las “pochas” de vigilia que Amparo hacía en el Iruña
y que sabían mejor si Mª Jesús te las traía a la mesa, las pochas con trufas que
borda ese pedazo de chef que es Ramón en “La cocina de Ramón” (Calle
Portales-Logroño) y las “pochas” con codornices de tiro y tiritas de guindillas
recién asadas que todavía come, gracias a Dios y a Rosa, en casa de su amigo
Luis Xubero, donde el sibaritismo llega a tal extremo que las tiritas de
guindilla verde asada se sirven individualizadas, guindilla por guindilla (no
todas pican igual, ¿saben?) Buena vendimia para todos y felices ferias y fiestas
de San Mateo
El
gastrónomo vivió una larga temporada tan al norte, tan al norte de la Galia que,
en diez minutos de coche, llegaba a la frontera de ese magnífico país,
gastronómicamente hablando, que es Bélgica, y en el que por cabeza de habitante
hay tantas estrellas Michelín como pueda haberlas en Francia, no se confundan.
Gracias a su cultura valona y flamenca es muy amplio el espectro de grandes
preparaciones que forman la cocina belga a la que sus costas atlánticas
aprovisionan de pescado como las Ardenas la suministran de caza. Esa convivencia
de valones y flamencos tiene la virtud de hacer que en los restaurantes belgas
se sirva la cantidad alemana con la calidad francesa, lo que no me negarán que
es una característica digna de tener en cuenta. Pero antes de meterse en aguas
más profundas quiere el gastrónomo dejar constancia de los dos preparados que
sin duda y a primera vista son el estandarte y la enseña de la cocina (¿puede
llamarse cocina?) belga: de Bruselas hacia el oeste, los mejillones, y en todo
el país, las patatas fritas. Así de sencillo. Los mejillones suelen servirse al
vapor, en su propia marmita de preparación y en cantidad de kilo y medio por
persona (valvas incluidas) y las patatas fritas en Bélgica las sirven hasta con
patatas fritas, creo que estará claro. Pero el gastrónomo quiere recomendarles
un par de cosas diferentes y sencillas, pero no por eso menos exquisitas: las
“croquettes aux crevettes” con perejil frito (no sabría decirles si las
croquetas de quisquilla están mejor o peor que el humilde perejil frito) y las
“Anguilles au vert” (maravillosa anguila preparada en una salsa verde de
espinacas, perifollo, y limón) Buenísimo, de verdad. ¿Para postre? Aquí no hay
ninguna duda… si lo encuentran y si están por la zona de Geraardsbergen (Gramont)
lo encontrarán, no dejen de probar el “Mattentaart”, una especie de tarta de
requesón que, imagínense cómo será para estar reconocida por la Comisión
Europea. No lo olviden por favor “Mattentaart” (tarta de requesón)
Hace
ya un par de años que el gastrónomo no se ha dado una vuelta por Alemania. Culpa
suya es. Hay muchos que dicen, la ignorancia es muy atrevida, que en el país
germano no se come bien. No hagan ustedes caso. Otros dicen que para ir sobre
seguro no hay que salirse de las salchichas, de la cerveza y de las patatas.
Bobadas, tampoco les hagan caso. Sabe el gastrónomo que no es tarea fácil
recomendarles, entre todas las posibilidades que la cocina alemana ofrece, el
que sería plato por excelencia, porque cada región, como cada comensal, tiene
sus gustos propios, por eso considera como más apropiado hablar de aquellas
maravillas gastronómicas comunes a todo el país. Y tras esto déjenme que les dé
un consejo y que, por supuesto sin ningún afán clasificatorio, les hable de tres
preparaciones de lujo. ¿El consejo?, dejen ustedes el régimen alimenticio para
la vuelta. ¿Las especialidades?, empecemos. Primero los Kieler Sprotten o los
boquerones del Báltico ahumados, que no deben ser mayores de los 10 centímetros
de longitud y que el gastrónomo les recomienda probar quitándoles la cabeza y
presionar suavemente desde la cola hasta sacar la raspa por la parte superior,
para después junto con un poco de nata agria, comerlos sin abrir. De nada, ha
sido un placer. Segundo esa maravilla de Schweinshaxe, un simple codillo de
cerdo asado, especialidad de la cocina de Baviera y que no deben probar sin su
mostaza, sus patatas y sus rábanos picantes y luego, al terminar, ya me dirán si
estaba mejor la carne que la piel tostadita. Una locura, créanme. Y tercero el
Hasenpfeffer, que es un (¿simple?) ragout de carne de liebre marinada en
pimienta, clavo, limón, tomillo, romero y laurel, a la que se le acompaña con
una salsa espesada con la sangre del animal (una advertencia, no se equivoquen,
aunque en alemán la palabra “pfeffer” significa pimienta, si está empleada como
sufijo en la denominación de un plato debe entenderse que está aderezado con la
sangre de la carne). Cree el gastrónomo que si van por ahí, no irán perdidos.
¡Ah!, y las Bratwurst (tipo de salchichas)… también
Aceite
de hierbas. Y como despedida de este augusto mes de agosto no quiere el
gastrónomo dejar de contarles algo del aceite, ese elemento imprescindible en la
cocina mediterránea. Aunque hay cientos de tipos de aceite, vamos a centrarnos
aquí en el que se obtiene prensando la oliva, pues como la tercera parte de este
fruto es aceite, sus diferentes tipos facilitarán a nuestro producto y tras su
prensado, las diversas características de textura, sabor y olor. Dicen que el
tipo de aceite que se usaba en la antigüedad era el de ajonjolí (derivado de las
semillas de sándalo), pero hoy de lo que quiero hablarles es de un capricho
gastronómico que no debiera de faltar en sus cocinas: el aceite de hierbas y que
consiste sencillamente en introducir unas hierbas en una botella de aceite para
aromatizarlo (por ejemplo, el aceite de albahaca es extraordinario para preparar
unas berenjenas fritas, como muy bien saben en la cocina griega).
Particularmente al gastrónomo el que más le satisface es el famoso “aceite a las
cinco hierbas”, que tan normal es encontrar en la mesas italianas y al que los
italianos llaman cariñosamente “l’olio di tre”. Tras lavarlas correctamente,
cojan tres ramitas frescas de romero, tres de tomillo, tres de orégano, tres de
hierbabuena y tres de albahaca. Machúquenlas bien en un mortero y añádanselo a
un litro de aceite virgen extra con unos granitos de sal. Manténgalo durante
tres semanas y luego lo filtran y lo pasan a la aceitera. Para ensaladas,
verduras y platos fríos, verán qué delicia. Que terminen bien agosto porque
septiembre, cargado de pochas de nuestra huerta, ya está llamando a la puerta.
Hasta el mes que viene, si Dios quiere.
Perejil.
“El perejil de todas las salsas”. Sin duda la madre de todas las hierbas
culinarias. La más utilizada en la cocina mundial. Poco va a hablarles el
gastrónomo de esta hierba cuyo cultivo tiene más de tres siglos de historia.
Respetando a todas las salsas que en el mundo son, el gastrónomo selecciona para
ocupar estas líneas una sola. Un milagro de la culinaria del norte español. Una
salsa de cuatro componentes: perejil, ajo, pimienta y muñeca. Nuestra
inigualable salsa verde, reina de las salsas de muñeca y para qué vamos a seguir
si podemos quedarnos con este sabor de boca. El orégano es otra hierba
culinaria, perenne y aromática, muy utilizada en la cocina mediterránea, donde
se usa preferentemente en fresco. Al gastrónomo le gusta el orégano, más que
para condimentar algunas carnes, para confeccionar las salsas que acompañarán a
los diferentes tipos de pasta. Orégano más pasta, éxito asegurado. Sólo añadir
que muchas recetas de la gastronomía mundial necesitan de este componente para
redondear sus características, pero quizás donde su presencia se vuelva
insustituible sea en el marinado de pescado. Romero, un arbusto leñoso que huele
a Mediterráneo. Para los antiguos “la hierba de las coronas”, pues con ella, con
mirto y con laurel se hacían las coronas de los vencedores. Esta hierba, que
según la creencia tradicional es presagio de la buena suerte (que se lo
pregunten al maestro Curro), combina magníficamente con las carnes y muy
especialmente con la de cordero. Pero el gastrónomo tiene que reconocer que fue
en Lanzarote donde gracias al romero conoció la excelencia culinaria vestida de
sencillez. Unas “Papas al romero”. Nada. Papas, romero, un poco de ajo, sal,
pimienta, aceite y un horno a 180º. ¿He dicho nada?... perdón, ¡casi nada! Hasta
el sábado que viene, si Dios quiere.
El
estragón. Tiene el estragón cierta familiaridad con el ajenjo, sólo cierta. Esta
planta que puede encontrarse en el sur de Europa de forma salvaje, se cultiva
con bastante éxito en los países del norte del continente europeo. Siendo su
auténtico aroma anisado, que se nota mucho más en sus hojas verdes que en las
secas, es el componente imprescindible de la salsa bearnesa. El estragón forma
parte también de las “finas hierbas”, las “hierbas provenzales” y el famoso
“bouquet garní” indispensable en las cocinas francesas. El “Bouquet garní”, como
el gastrónomo dice, es un gran invento aunque sea francés y hay que reconocer
que pocas formas más sencillas existen para condimentar razonablemente una
preparación culinaria. Un ramito de diferentes hierbas aromáticas que,
debidamente atado, se introduce en las preparaciones y que se retira antes de
que sean servidas. Y así de sencillamente se hace un bouquet garní: perejil,
tomillo, romero, el imprescindible laurel y luego, dependiendo del gusto de cada
uno, estragón, apio, albahaca…etc. Les aseguro que un buen “bouquet” es la
garantía de éxito de esos grandes platos de la cocina francesa, desde “le boeuf
bourguignon, al “pot au feu” y sin olvidarnos de esa maravilla marsellesa que es
“La Bouillabaise”, sólo por ponerles un ejemplo. El laurel. Mucho habría para
escribir si el gastrónomo fuera a contarles cosas del laurel. ¿Que es la planta
reina de la cultura gastronómica mediterránea? ¿Que este “Laurus nobilis” ha
llegado a ser el origen de vocablos del castellano tales como “laureles” o
“bachiller” (“baccalaureatus”) o que las hojas de estos arbustos son
imprescindibles para cocinar pescado, carne o marisco? Muchas cosas, muchas,
habría que contar, pero por obvias no quiere hacerlo el gastrónomo y por eso
sólo se limita a recomendarles un par de cosas: que se cercioren de que el
laurel que tienen es “nobilis” (pues algunas variedades no tienen sus mismas
características) y que no se les ocurra plantar un laurel porque: “El que planta
un laurel nunca lo verá crecer”. Hasta el sábado que viene, si Dios quiere
El
cebollino es planta originaria de las tierras que hoy forman parte de Canadá y
de Siberia. Con un sabor bastante más delicado que el de la cebolla, forma parte
de ese importante paquete de “Finas hierbas” francesas que sirve para redondear
cosas tan aparentemente sencillas como esa tortilla a las finas hierbas o esa
mantequilla a las finas hierbas, imprescindible compañera del primer sorbito de
vino recién sentados a la mesa. Particularmente el gastrónomo prefiere las hojas
verdes, pues ese sabor acre y picante tan característico del cebollino tiende a
desaparecer cuando las hojas están secas. El cilantro, además de originario del
norte de África y del sur de Europa, es una de las hierbas culinarias más
antiguas que se conocen y tanto es así que su nombre aparece dos veces en la
Biblia. Suelen utilizarse sus frutos secos para que presten al curry ese aroma y
sabor a cítrico tan característico, sin embargo sus hojas verdes y sus semillas
frescas son indispensables para confeccionar desde el “guacamole” mexicano
(aguacate, cilantro…), al “achacuta” peruano (cilantro y ají), al deliciosísimo
“guasacaca” venezolano (aguacate, pimiento verde, ajo, cebolla y cilantro) y a
ese “chatni” (Chutney), formado por una gran variedad de especias entre dulces y
picantes, que nos llegó a Europa desde el oeste de India. El eneldo, originario
de la región oriental del mar Mediterráneo, su uso en Europa está casi
restringido a los guisos de pescado. Con su sabor parecido al del perejil, sus
hojas verdes, a diferencia de sus semillas que tienen un gusto amargo, son
complemento imprescindible para la realización de esos pescados marinados que
ocupan una posición de privilegio en la cocina escandinava. Y si no les parece
mal, aquí nos paramos para seguir el sábado que viene, si Dios quiere.
Estamos
en Agosto, el octavo mes del año y que gracias a Augusto Octavio tiene nombre y
31 días. Como siempre el que manda, manda. El gastrónomo, cambiando la música
callada por el bullicio vacacional, está en su casa, descansando de descansar,
mientras escucha a Mahler. Como al gastrónomo en estas fechas de calores le
gusta comer fresquito, esta mañana ha comprado unos filetitos de salmón fresco
que piensa marinar. No puede; tiene que volver a salir. Le falta eneldo fresco.
Le da por pensar al gastrónomo en la importancia culinaria de algunas hierbas y
recuerda la devoción con la que su amigo Luis Javier le enseñó la docena de
macetas en las que mimaba las especies más frecuentes, por lo que, puesto a
recordar, no resiste la tentación de aprovechar este agosto canicular para dar
un repaso a hierbas culinarias tan primordiales como la ajedrea, típica hierba
mediterránea que en infusión se aconseja para aliviar trastornos digestivos, que
además es expectorante, antiséptica (magnífico desinfectante bucal) y que con su
sabor intenso y ligeramente picante forma parte de ese paquete al que llamamos
“Hierbas provenzales”, o la albahaca, de la que el gastrónomo encontró sus
propiedades aromáticas y sabrosas cuando buscaba sus peculiaridades medicinales,
esas que la hacen apropiada para aliviar problemas de resfriados, de depresión,
de insomnio o de digestión, esa albahaca que, originaria de Irán o de India, con
sabor a clavo, es ingrediente principal de toda salsa al “pesto” que se precie
de acompañar, “comme il faut”, a un buen plato de espaguetis, a la vez que el 14
de septiembre consigue aromatizar las calles del ciudadrealeño Bolaños de
Calatrava, pues es en esa fecha cuando todo el pueblo arroja desde sus ventanas
albahaca picada al paso del Santísimo Cristo de la Columna, al que ya muchos
conocen como Cristo de la Albahaca. Y el sábado que viene, si Dios quiere, más.
Aprovechando
que es el último sábado de Julio y para empezar las vacaciones de Agosto con
buen pie, el gastrónomo va a tirar la casa por la ventana llevándoles a “cenar”
(yo creo que es más espectacular) al que tiene fama de ser el mejor restaurante
de Roma (y posiblemente de Italia) y que no es otro que el restaurante “La
Pérgola” (Vía Alberto Cadlolo 101. Tfno: 00 39 06 35 091) uno de los
restaurantes del Hotel Rome Cavalieri. Y Para empezar, y si piensan hacerme
caso, reserven mesa junto a una ventana, desde donde, les doy mi palabra que
podrán contemplar una de las mejores vistas panorámicas nocturnas de la Ciudad
Eterna. Pero vamos a lo nuestro: el barco “La Pérgola”, que es un tres estrellas
Michelín, está gobernado, por un chef alemán, que se autodenomina europeo,
aunque haga cocina italiana y que se llama Heinz Beck. Pero vamos a lo nuestro y
permítanme que les recomiende un primer plato imprescindible. ¿Pasta? Pasta.
Pidan ustedes unos fagotelli a la carbonara (los fagotelli de “La Pérgola” son
unos pequeños cuadraditos de una pasta tan fina que hasta puede leerse a través
de ella, rellenos de muselina de queso) y tengan por seguro que si son amantes
de la pasta y de la carbonara, les puedo asegurar que nunca encontrarán nada más
exquisito. De pescados y carnes no les hablo pero sí me van a permitir que les
hable de un postre que es una verdadera ambrosía y que no es otra cosa que una
esfera hueca (tamaño pelota de tenis) hecha de líquido de frambuesas, congelada
con nitrógeno líquido y rellena de frambuesas naturales. Simple, pero no olviden
que son los placeres más sencillos los que son el refugio de los espíritus más
complicados. Y si han cenado bien, antes de marcharse, convenzan al director de
sala, para que les enseñe la increíble bodega donde más de cincuenta mil
botellas les despedirán como se merecen. Y es que todo en La Pérgola es
extraordinario y cuando digo todo, supongo que se imaginan a lo que me refiero
Recuerda
el gastrónomo, que ya en otra ocasión les ha hablado de ese magnífico programa
turístico y gastronómico que se llama “Cantabria infinita”. No voy a repetirlo
(para más señas, el 18 de agosto del año pasado les hablé de ello). Hoy el
gastrónomo quiere hablarles de unos de los mimbres que componen ese cesto. Se
trata de uno de los grandes fogones de Santander. El restaurante “El serbal” (
Calle Andrés del Río, 7. Tfno: 942 222 515), en el que desde el día de su
inauguración y adelantándose a las modas, se le viene posibilitando al cliente
que haga de su comida, un entretenido juego de diferentes degustaciones. Verán,
me explico: todo empieza, con el servicio de pan, momento este en que el
restaurante propone al gastrónomo cinco o seis tipos diferentes de pan para
luego jugar con el aceite pasando a ofrecer seis tipos diferentes de aceites, en
afortunada sustitución de la mantequilla. Pero la cosa no acaba ahí, porque si
le gusta seguirles el juego, yo les recomendaría que probarán, si les gusta la
carne, su “Pichón en cinco cocciones (asado, frito, tar-tar, confitado y
helado)” o su “Degustación de tres bacalaos (pil-pil, club ranero y ajo
arriero), si prefieren el pescado, reservando un huequito para su postre de
chocolates variados que siempre resulta para el gastrónomo una tentación
demasiado fuerte, para dejarla pasar de largo. Pero es que ahí no acaba todo,
porque en la misma línea “El Serbal” ofrece a sus clientes el café, (colombiano,
árabe, africano, brasileño…) y todo hecho delante de la mesa, sin trampa ni
cartón y servido por un equipo de comedor que sabe unir simpatía con
profesionalidad y eficiencia. Muy recomendable, sinceramente y además y gracias
a la autopista, lo tenemos a tiro de piedra. Centren el tiro: “Cantabria
infinita”, Santander, Puerto Chico y “El Serbal”
El gastronómada, tiene que
reconocer que Milán, no es ni con mucho su ciudad italiana, aunque resulte ser
una de la que más veces ha visitado. Ironías de la vida. La realidad y perdonen
la osadía es que fuera de El Duomo , la galería Vittorio Emanuele y la Escala,
Milán le deja un poco frío, aunque tiene que reconocer que gastronómicamente esa
frialdad no es para tanto. El gastrónomo recuerda que hace ya demasiados años,
el restaurante donde solía parar con más frecuencia era “Bagutta”, en el 14 de
la Vía Bagutta. Era “Bagutta”, un obligado lugar de encuentro de artistas y
mecenas donde además, se comía bien, sin grandes aspavientos, pero muy
correctamente. Hoy todavía existe y aunque a mitad de camino entre el
restaurante y la trattoría hay que reconocerle que el que tuvo, retuvo. El
siguiente puerto donde fondeó con asiduidad el gastronómada, fue en el
restaurante “L’assassino”, que estaba y sigue estando en el Palazzzo Recalcati,
en el casco antiguo y donde cenar las noches de verano, en su patio interior,
con las estrellas por techo y rodeados de la belleza de este “palazzo milanese”
del siglo XVIII perfectamente restaurado, resulta fuente inagotable de
recuerdos. Tranquilo y señorial L’assassino ofrece una cocina tradicional
milanesa, con algunos toques de modernidad nada extravagante. Pero hoy, el
gastronómada que ya no está para perderse por cascos antiguos en busca del
rincón perdido, tiene resuelto el capricho gastronómico sin salir del hotel. Se
trata de “La veranda” (Via Gesù 6 - Tfno: +390277088), uno de los dos
restaurantes del hotel “The four seasons”, donde con toda sencillez y como el
que no hace nada del otro mundo, les recomiendo que coman unos sencillos
espagueti con pomodoro, basilisco y parmesano regiano a voluntad y un
“Barbacarlo” tinto lombardo para acompañar. Nada más, pero…..¡nada menos!
6/7 Cuando cocinan los angeles
Hoy
el gastrónomo está emocionado y contento. Emocionado porque desde hace unos días
está ojeando “Hoy cocino yo”, un magnífico libro de cocina, con innumerables
recetas adaptadas a personas con discapacidad intelectual y que “además ha
conseguido ser, un proyecto solidario, en el que jóvenes, cocineros
profesionales y educadores se han involucrado para demostrar que, con los apoyos
necesarios y un proceso de aprendizaje adecuado es posible adquirir destrezas
culinarias imprescindibles para llevar una vida autónoma” (1) y contento porque
precisamente han sido seis de las mejores espadas riojanas, los que han sabido
batirse en los fogones de la ternura, Diego Arechinolaza, Francis Paniego,
Ignacio Echapresto, José Félix Rodríguez, Ventura Martínez y Juan Ángel
Rodrigálvarez. ¿Alguien da más? ¡Enhorabuena a todos! Enhorabuena y gracias por
enseñarnos a cocer un huevo, a freírlo, a hacer una tortilla y a cocinarlo a
baja temperatura. A hacer patatas fritas, patatas a la importancia y galletas de
bacalao sobre crema de patatas. A cocinar un arroz con tomate, unos rollitos de
salmón y un arroz con leche. A preparar una ensalada de pasta, una pasta con
hongos y mascarpone y una pasta con carne. A disfrutar cocinando una brocheta de
verduras y unas verduras en conserva, para terminar con unas deliciosas fresas
con chocolate. Por todo lo cual y si es cierto aquello que decía Fernand Point
que no se puede cocinar bien si no se pone en ello el corazón , el gastrónomo
augura un completo éxito entre los fogones a todos esos ángeles de gorros tan
blancos como sus almas. Compren el libro, es un consejo que me agradecerán, se
llama “Hoy cocino yo”.
(1). El texto entrecomillado, está copiado directamente del prólogo
Si
se está en Nápoles, no hay que dejar de visitar el Museo Arqueológico, pero tras
visitarlo, hay que visitar Herculano, y si se visita Herculano, ¡¿cómo no
ganar?! que no es perder, un día en Pompeya y, como es lógico, puestos ya… la
visita de la costa amalfitana se hace imprescindible. La Costa amalfitana o
Costa de Amalfi es un tramo de costa bañada por el mar Tirreno, situado en el
golfo de Salerno, en la que todos los municipios que integran la costa, Ravello,
Positano… etc. fueron declarados en 1997 Patrimonio de la humanidad, pero bueno,
a lo que vamos, miren, si ustedes tienen la suerte de estar por allí, háganme
caso, desvíense de su ruta una docena de metros y visiten un pueblecito
encantador que se llama Sant’Agata sui Due Golfi y cuando ya estén allí
búsquense cualquier excusa para ir a pasar un buen rato entre los manteles del
restaurante “Don Alfonso 1890” (11 corso Sant’Agata- Tfno: 39 08 15 330226)
donde tanto Alfonso Iaccarino, como Ernesto, como toda la familia Iaccarino,
estoy completamente convencido que harán todo lo posible por hacerles pasar un
rato de lo más agradable, con su conversación, con su servicio, con su bodega o
con sus platos siempre cocinados con los mejores productos de temporada. Y si
quieren ir sobre seguro, aunque mi recomendación es que hagan caso a Alfonso
(habla un perfecto castellano), pueden empezar con uno de sus clásicos: “la
zeppola di astice” (especie de pastelito de bogavante), para seguir, si tienen
la suerte de coincidir con la temporada, con un increíble risotto al limón, con
oricios y huevas de salmón, que puede ser el extraordinario preludio de ese
postre memorable que es su helado de anguila. ¡Ah! y por beber no pasen cuidado,
desde los mejores Vega Sicilia, hasta los Neros d’Avola sicilianos, les están
esperando en su espléndida bodega. Pásenlo bien y no le cuenten al gastrónomo
que han ido, para que no se muera de envidia.
Al gastrónomo no le hace
especial gracia la polenta, ese cereal típico del norte de Italia, aunque si no
hubiera más remedio que comerla se decidiría por la “polenta gialla” (polenta
amarilla) la que se hace con harina de maíz. Y es por esta afición a la polenta
por lo que los italianos del sur llaman cariñosamente “polentoni” a sus
compatriotas del norte, los cuales, en justa revancha, llaman “terroni” a los
del sur, que viene a querer decir algo así como “campazos”. Bueno, pues es
rodeado de los “terroni” de Nápoles con los que el gastronómada se encuentra más
a gusto. Como más en su ambiente, aunque quizás sólo sea porque Nápoles, desde
que Alfonso V, allá por 1442 le arrebató su dominio a la dinastía angevina y
pasó a formar parte del reino de Aragón. Y es por eso, porque para el gourmet
Nápoles es más que un restaurante, por lo que en esta ocasión el gastrónomo les
va a recomendar una “soirée” diferente. Háganme caso: vayan a hospedarse al
hotel “Vesuvio” (Vía Partenope 45- Tfno: 39 081 7640044) y pidan en el
momento de hacer la reserva que les den una de las habitaciones que dan frente
al “Castello dell’ovo”. Luego, para comenzar una noche de lo más placentera,
bajénse a partir de las ocho al hall del hotel y mientras el arpista pulsa
música napolitana, pidan al barman que les prepare un “Negroni “Vesuvio” y
cuando les apetezca, salgan de hotel, crucen la calle, sólo cruzarla, y
piérdanse en el dédalo de restaurantes de pescado que encontrarán a orillas del
mar, entre el hotel y el “castello”. No necesitan más: Una buena “triglia”
(salmonetes), preparada de la forma menos sofisticada posible, un chardonnay
siciliano (Tasca d’Almerita por ejemplo), un Tiramisú, un expreso italiano, el
castello a su derecha y frente a usted toda la belleza del golfo de Nápoles.
¿Alguien da más?
Recuerda el gastrónomo que
desde hace muchos años la Bella Easo ha sido uno de sus lugares predilectos para
esconderse entre el revolar de los manteles. Todo empezó, hace ya casi medio
siglo, cuando en un 850 blanco que sudaba subiendo Lizárraga el gastrónomo se
acercaba hasta aquel Juanito Kojua del Barrio Viejo, donde el menú se repetía
indefectiblemente. Sopa de pescado (la más cercana a la bullabesa que nunca he
comido), y unas cocochas al pil-pil, de aquellas cocochas que eran cocochas,
cortadas de aquellas merluzas que eran merluzas. Hoy el gastrónomo no suele
parar por ahí y tras pasar Anoeta, coge la carretera que sube a Igueldo, deja
Rekondo, del que otro día hablaremos a la izquierda y, monte arriba, como a eso
de un par de kilómetros, llega a una entrada asfaltada a mano derecha que da
paso a una de las glorias gastronómicas de España. Es el restaurante “Akelarre”
(Paseo Padre Orkolaga 56- Tfno: 943 311209- San Sebastián) en el que Pedro
Subijana, un hombre tan encantador como “cordón bleu” y que no tiene más
estrellas Michelín porque no le caben en la fachada, le espera. Visitar Akelarre
es sinónimo de darse todo un gustazo disfrutando del bien comer y de esa otra
cosa que tanto añoramos los gastronómadas y que es sentirte como en tu casa nada
más atravesar las puertas del restaurante. Si les gusta ver el mar mientras
comen, no se olviden de reservar una mesa junto a los ventanales y si lo que les
gusta es el caviar no dejen de probar su “Huevo con caviar sobre puré de
coliflor y mantequilla de cebollino”, pero aunque no venga en la carta y no sea
un plato muy vasco, si tienen suerte de que ese día haya, por favor, se lo pido
por favor, díganle a Pedro que les dé unos callos al estilo de cómo los que
hacía su abuela. Háganme caso, prueben esos callos y luego hablamos.
El gastrónomo no es que
piense que como escribió don Jorge “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, es que
está por asegurarlo y por eso hoy, que estamos a tres días de que la ciudad de
Logroño celebre otro San Bernabé, no quiere dejar pasar esta ocasión sin
contarles sus recuerdos; recuerdos que datan de cuando en las aguas del Ebro,
sin llevar gafas de submarinista, se podía bucear y ver el lecho del río, o de
cuando, de madrugada, acompañaba a Juanito “El Manco” a mover la orilla de la
margen derecha del río y luego a descargar los peces que poblaban las redes en
las cestas anchas de mimbre, o de aquellos tiempos en los que el gastrónomo, de
la mano de su abuelo Amaranto, ayudaba a freír los peces en una bajera de la Rua
Vieja para que Amelivia, y Manel, y Cholo, y Berger, y Perea, y Almazán, y
Barrón, y Yabar, y Garrigosa, y Ochagavía, y tantos y tantos otros, los fueran
repartiendo entre los logroñeses. Eran otros tiempos. Hoy las cosas han
cambiado. Hoy el Ebro parece bajar de luto y ya no se pueden comer sus peces por
el más elemental principio de higiene. Hoy se fríen truchitas y con truchitas se
conmemora la fiesta del patrono. Pero el gastrónomo no quiere ser derrotista y
lo mismo que todo lo anterior ya perdido le entristece, también reconoce que aún
hoy, en la Cofradía, como hace más de cien años, un grupo de cofrades se
esfuerza en mantener sus tradiciones lo más cercanas de lo que fueron y si no
hay peces, pues truchas, y si ya no pueden desayunar sus migas en Las Cubanas,
pues las desayunan en El Moderno, que hemos de reconocer tampoco es mal sitio
para, con el permiso de Mariano, entrar a saco. El gastrónomo no estará el día
de la Fiesta del Santo en Logroño, hay demasiados recuerdos que le atenazan la
garganta pero, desde donde esté, tengan por seguro que a eso de medio día se
beberá un traguillo de vino que, mezclado con algunas lágrimas, le ayudarán a
tragar ese ¡Viva San Bernabé! que estará luchando por salir de su garganta.
Abuelo, te quiero
Hoy el gastrónomo está
contento. Revolviendo entre los siempre desordenados papeles de su mesa ha
encontrado la lista de los cincuenta mejores restaurantes del mundo, lista que
capitanea esa maravilla de la buena mesa que dicen es el Celler de Can Roca y en
el que el gastrónomo todavía no ha tenido ocasión de perderse y todo por esa
manía de no visitar, ni aquí ni fuera de aquí, ningún restaurante donde tengan
varios meses de lista de espera para atender a sus clientes. (Grrrrr.). Manías
de viejo, sin duda. Pero como no todo deben ser lágrimas, suspiros y lamentos,
también el gastrónomo les confiesa su satisfacción porque, en este mismo
recuadro semanal, sí que les ha hablado de sus experiencias en al menos dos de
los que aparecen en la lista en lugar destacado: el Steirereck vienés (puesto
núm. 9) del que les hablé el 20 de abril y El’Arpege parisino (puesto núm. 16)
del que lo hice el 11/8/12. No vamos excesivamente bien, pero tampoco nos
quejamos. El Celler, varios años segundo en la lista de oro, por fin este año ha
desbancado de su trono al famoso Noma danés, al que no debe de haber ayudado
mucho el problema, accidental sin duda, de intoxicación alimentaria tenido por
allá entre Marzo y Abril. Queramos o no, un golpe de mala suerte que sin duda ha
beneficiado a nuestro Celler, del que, en honor a la verdad debo decir que, de
todas formas y con buena o mala suerte, ya llevaba tres años pisándole los
talones. Y para concluir, permítanme que copie y pegue unas líneas de Toni
Masssanés: “Le hemos preguntado a Joan, el hermano mayor, el chef, el
investigador y maestro de cocina, el arquitecto de las creaciones culinarias, el
alfa de la constelación rocallosa: "Si El Celler de Can Roca fuera uno de tus
platos, ¿qué plato sería?". Y nos ha respondido lo que reproducimos
íntegramente: el Cordero (de raza ripollesa) con pan con tomate. Y es que no
olvidemos que la felicidad se encuentra entre la humildad y la sencillez. No es
la primera vez que lo escribo
Hoy el gastrónomo se siente
contento porque sabe que su sugerencia, caso de ser seguida por el lector, tiene
la “matrícula de honor” asegurada. Cierren los ojos por un momento y piensen que
estamos en Roma y que, admirando todo lo admirable que la Ciudad Eterna nos
ofrece, paseando tranquilamente llegamos hasta “La fontana di tritone” en la
“Piazza Barberini”. Detrás de ella y si todo lo hemos hecho bien, debemos
encontrarnos con el Hotel Bernini y, si todo va como debiera, mirando su fachada
de frente, la calle que nace a su izquierda debiera de ser la “Vía de San Nicola
de Tolentino” y allí, justo allí, les recomiendo que terminen su paseo turístico
para dar comienzo al recorrido gastronómico de uno de los más encantadores
restaurantes de La Ciudad de las Siete Colinas: “Rte. Tullio (Vía di San
Nicola da Tolentino, nº 26- Tfno. 39-64745560)
Bueno, pues si atravesamos sus puertas y nos sentamos, si es que algunas de sus mesas, siempre ocupadas por políticos, artistas o empresarios, están libres, el gastrónomo les asegura que podrán disfrutar de una verdadera cocina romana y todo a menos de cien metros de la conocida Vía Vénetto. Y para disfrutar juntos de este momento, permítanme que les aconseje pedir lo mínimamente imprescindible para hacer a su cocina los honores que se merece. Comencemos con un “antipasti de Carciofi (alcachofas) a la romana (imprescindible). Para luego probar, aunque sólo sea por probar, sus obligatorios “parpadelle di lepre” (liebre). Y como principal un ligero plato de “Mazzancolle (langostinos), hecho a la manera de la casa. De verdad. No hace falta ni postre. De ahí al spresso y del spresso a una grappa de Chardonnay. No nos hará falta más y si nos lo hiciera es que algo que no ha funcionado bien. En serio
19/5 Comer en París IV. Hotel Bristol. -

Al gastrónomo, como a la pareja de “Casablanca”, siempre le quedará París. Por eso, y porque es un magnífico y cortito paseo, sube la Rue Royal hasta la iglesia de La Madelaine y no le da ninguna pereza, una vez pasado frente al viejo Maxim´s , torcer a la izquierda y encontrarse con la Rue Foubourg Saint- Honoré, eje de las boutiques de moda del Gran París. Luego, subiendo con toda calma la calle por la acera de los pares, disfrutando de las vitrinas y de sus contenidos, pronto llegará al núm. 112 y allí es precisamente donde Epicuro le espera. “El Rest. Epicure” (112-Rue Foubourg Sain- Honoré- Tfno: 33 1 53 43 43 40). Y no se extrañen, porque sí, efectivamente, además de un templo gastronómico, “Epicure” es el restaurante del Hotel Bristol, en cuyos fogones ese extraordinario chef llamado Erich Grechón les sorprenderá, aún sin proponérselo, con algunas de sus exquisitas preparaciones, como por ejemplo esa maravillosa lubina asada sobre legumbres grillé, que sólo por probarla merece la pena hacer una visita a su restaurante, preparado para que, en su interior si el tiempo lo exige o en su magnífico jardín de estilo francés cuando la primavera avanzada rompe definitivamente el invierno parisino, el comensal disfrute de una verdadera cocina francesa, servida a la francesa y presentada como sólo los franceses, cuando pueden y quieren, saben hacerlo. Un consejo, si tienen la suerte de visitarlo no dejen de probar ese postre bisscuit, mi-cuit de chocolate, porque seguro que me lo agradecerán y si no tienen prisa (y mi consejo es que si la tienen no vayan), pasen un rato hablando con Marco Pelletier, un sommelier que “más a más” es un extraordinario connaisseur de las posibilidades vinícolas de las diferentes regiones tanto del exágono francés, como de España. Y que ustedes lo disfruten con salud
Cuando
el gastrónomo paraba en Niza solía hospedarse en el Hotel Negresco, y digo solía
porque raro será, aunque nunca puede decirse de esta agua no beberé, que tras la
última experiencia repita alojamiento. Al Negresco, inaugurado en 1913, los cien
años empiezan a notársele y lo que antes era lujo y boato, hoy se ha convertido
en un rancio abolengo a veces más incómodo que confortable. Todo pasa y todo
queda, que decía el poeta. Pero que el gastrónomo no vaya a hospedarse allí, no
quiere decir que no visite el hotel, y la culpa, bendita culpa, la tiene ese
“Rest. Chantecler” (37, Promenade des anglais. Tfno: 33-4-93166400) que
sigue siendo un magnífico lugar donde disfrutar de un ambiente verdaderamente
creado para gourmets y gourmands. Y mientras disfruta su “Dry” buñuelesco e
incomparable, El Chantecler, con su savoir faire tradicional, le seguirá
extasiando enseñándole esos magníficos a la par que increíbles tapices de
Aubusson, que desde hace más de seis siglos forman parte del mejor patrimonio de
la tapicería francesa. Y así, lo mismo que esas maravillas cuelgan de sus
paredes, el gastrónomo podrá ir disfrutando viendo esas otras maravillas que el
magnífico equipo de cocina del restaurante va sirviendo a los afortunados
comensales que han tenido la suerte de reservar mesa y cartera con tiempo
suficiente. Y por eso, porque conoce la exquisitez de los productos de temporada
tras su paso por las hábiles manos del Chef, es por lo que el gastrónomo se
permite recomendarles “Les croustillants de tête de veau aux feuilles de
roquette”, un plato este que sinceramente no lo encontrarán en otro sitio,
confeccionado de forma tan sublime y con elementos tan sencillos como los de una
simple tête de veaux. Un increíble placer
Al
mando de Fernando de Magallanes, un portugués que navegaba bajo bandera
castellana, el 20 de septiembre de 1519 cinco naves alcanzaban el Atlántico
bajando el Guadalquivir hasta Sanlúcar de Barrameda. Una de ellas, la
“Concepción”, llevaba por contramaestre a un joven nacido en Guetaria que se
llamaba Juan Sebastián Elcano. El 6 de septiembre de 1522, casi tres años más
tarde, Elcano y 17 marinos más fueron capaces de terminar, en su nave Victoria,
la que sería la primera vuelta de circunnavegación del globo. Loor y gloria para
aquellos héroes. Loor y gloria también para ese magnífico restaurante que en
Guetaria lleva el nombre del navegante y al que el gastrónomo, en sus habituales
vueltas del país de la Galia de Asterix, procura visitar de forma irremediable.
“Rte. Elkano” (Herrerieta Kalea 2- Tfno: 943-140024). Un magnífico
restaurante que tiene, junto a su puerta de entrada, un asador al aire libre o
mejor dicho un magnífico asador al aire libre, que deja paso a un restaurante
muy especial. El gastrónomo, todavía después de tantas visitas, aún duda porque,
como dice Pedro Arregui, siempre vigilante de sus brasas, “Aunque la lonja cada
día está más escasa de tesoros marinos, aquí todavía se puede gozar de las
mejores joyas del mar, respetando su temporalidad”. Y en esta ocasión es fácil
para el gastrónomo recomendarles un plato con el que gozar de las delicias del
mar. Si es temporada, y Aitor se lo recomienda (estando Aitor, no hace falta
perder el tiempo leyendo la carta), no dejen de comer el rodaballo a la brasa:
“…primero la piel oscura y la carne, luego la piel clara más grasa y envolvente
y luego la más sabrosa, la de los contornos exteriores sobre las espinas de las
aletas, para acabar con las carrilleras, un bocado sorprendente”. Anímense, no
habrán comido pescado a la brasa, hasta que no visiten “Elkano”. Créanme
27/4 Comer en París (IV) - "Guy - Savoie"
Subiendo toda la maravillosa
avenida de Los Campos Elíseos se llega al Arco del Triunfo. Una vez allí y a
mano derecha, hay que bajar por la avenida Wagram hasta la primera a la
izquierda y si el gastrónomo se ha explicado bien y ustedes no han perdido el
norte, se encontrarán en la “Rue Troyón” y allí en el nº 18 verán que abre sus
puertas, uno de los más extraordinarios restaurantes de París el “Guy-Savoie”
(18, rue Troyon- Tfno: 33-143804061). Este extraordinario restaurante, perla
de la gastronomía francesa, es propiedad y está dirigido por su multiestrellado
propietario Mr.Guy. El restaurante aunque no de proporciones gigantescas, está
servido por una veintena de camareros, lo que ya nos da una idea del cuidado y
exquisito mimo con el que Guy, atiende a sus comensales. En sus cocinas, cuatro
extraordinarios “chefs” (Michel, Laurent, Jean- Baptiste y Damién) procuran
diariamente que tanto sus pescados bretones, como sus verduras de Rungis,
mantengan la calidad que Guy, cuida hasta en su más mínimo detalle. Y es por
esto, que encontrándonos donde nos encontramos al gastrónomo le da un “no sé
que” recomendarles un plato en especial, por lo que si desean disfrutar de una
comida que siempre les resultará algo más que “algo de comer”, prueben a pedir
su menú en 12 ó 18 secuencias. Les aseguro que cada una de las pequeñas
preparaciones les sorprenderá más que la anterior. Háganme caso, no dejen de
visitar Guy-Savoie, me agradecerán el consejo “en lo que vale”…¡y vale!

Si les cuento que el gastrónomo, además de amante de las bellas artes, es un melómano empedernido, pronto caerán en la cuenta de que en Viena y en verano se encuentra como en su propia casa. Dicen que los austriacos son muy listos porque han hecho creer a medio mundo que Hitler era alemán. El gastrónomo no sabe si realmente es por eso, pero puede dar fe de que el austriaco es un pueblo tranquilo, educado y amante de sus tradiciones, lo que hace que el simple pasear por sus callejas antiguas, plagadas de sus pintorescas cervecerías, ya le resulte un placer sobresaliente. Y ya que hablamos de sobresaliente, permitan que les hable de un restaurante muy especial y que, por causas de las prisas y de la ignorancia, el gastrónomo sólo pudo disfrutar una vez. Les estoy hablando del “Steirereck im stadtpark” (Rasumofskygasse, nº 2 - tfno: 43 (1) 7133168), una joya en el corazón del precioso parque de Viena y no demasiado alejado de la inevitable estatua dorada de Johann Strauss, que en invierno y verano sigue bañando la increíble ciudad con la sencillez de sus valses. Pero volviendo a lo que nos importa, el gastrónomo se ve en la obligación de informarles que el “Steirerek” tiene, además de sus extraordinarios e imaginativos fogones, una característica muy especial y es que su chef sabe distinguir a la perfección la calidad de la cantidad y por eso, sin duda, su carta es de una sencillez majestuosa. Siendo así y asumiendo todos los riesgos que hagan falta, me van a permitir que les recomiende sólo dos platos: un principal a base de pichón asado con crujiente de mijo, perejil y amaranto y unas deliciosas crêpes de postre, con relleno de mermelada de nísperos japoneses y violetas confitadas. Créanme, no es snobismo ridículo, es pura ambrosía en vena. Háganme caso
13/4 Los guisantes del Maresme
Al gastrónomo, a quien no
le importa ir un poco de arriba para abajo si el viaje a los manteles va a valer
la pena, no se le olvida que está empezando la temporada de los guisantes del
Maresme y que hablando de estos “pésols” (guisantes en catalán) hay que
quitarse el sombrero. Es el Maresme una comarca de la provincia de Barcelona
que, por decir algo y kilómetro arriba, hectómetro abajo, va desde Mataró a
Malgrat de Mar. Bueno pues dejemos claro que en esta comarca se encuentra el
municipio de Sant Andreu de Llavaneres y allí, y se lo digo con toda rotundidad,
pueden hallarse los mejores guisantes que en el mundo haya y tanto es así que
este año la decimocuarta edición de la “Festa del Pésol” se celebrará entre el
19 y el 21 de Abril. Y digo yo que algo tendrá el agua cuando la bendicen. Pero
al gastrónomo, que este 9 de Marzo y por asuntos extra gastronómicos estuvo en
Barcelona, no le dio tiempo de subir hasta Sant Andreu de Llavaneres a ver cómo
nos había venido la cosecha este año y en su lugar tuvo que conformarse con
pasarse, “como un tiro”, por Petràs, el espacio gourmet de más renombre del
mercado de la Boquería, donde pudo hacerse. ¡Oh, dioses!, con la última caja de
300 gramos de los guisantes llavanerenses. Sólo un par de meses al año (del 15/3
al 15/5) los guisantes del Maresme, que en Llavaneres son de la variedad
“garrofal”, nos ofrecen sus mejores frutos. No hay que descuidarse y, a nada de
tiempo que se tenga hay que salir volando hacia la comarca barcelonesa.
Particularmente, y por extraño que parezca, donde mejor los he comido y
siguiendo la recomendación de un amigo, fue en el “Restaurante del Club de
Golf de Llavaneres” (Llavaneres. Tfno: 93-7926050) en el que, si el
recorrido te toca a la hora de almorzar, los dos últimos hoyos los juegas con un
desinterés fuera de lo habitual
6/4 Comer en Barcelona (III) - Hotel Palace Ritz
El gastrónomo, que en el
fondo, aunque muy en el fondo como dicen sus amigos, es un sentimental, no puede
estar en Barcelona sin visitar el antiguo Hotel Ritz, hoy Hotel Palace y que
tantos escaques le ofreció en la partida de ajedrez que forma su vida. Y allí,
justo frente al espacio donde Xabier Cugat aparcaba su Rolls Royce, abre hoy sus
puertas el restaurante “Caelis.” (Gran Vía de les Corts Catalanes 668. Tfno:
93-5101205).Y el gastrónomo encuentra de alabar el entusiasmo con el que
Eric Basset organizando su cocina (donde por cierto ha instalado una mesa para
cuatro comensales curiosos del buen hacer culinario) y Alain-Pierre Benteo
dirigiendo el comedor, se esfuerzan cada día en hacer que el momento de la
comida sea algo más que la mera rutina de comer. De entre todas las exquisiteces
que ofrece su equilibrada carta, el gastrónomo se siente obligado a
recomendarles que no dejen de probar esa innovadora sopa fría cuya creación se
discuten franceses y estadounidenses, porque durante la Primera Guerra Mundial,
Louis Diat, un cocinero francés del Ritz-Carlton de New York a base de puerros,
patatas y crema de leche creó la magnífica “Vichyssoise”, que el Caelis, y sin
menosprecio de su calidad, presenta de una forma ocurrente a la vez que
exquisita. ¡Ah!, y si me lo permiten, un último consejo. De postre no dejen de
probar las “Crêpes Suzettes”, que cocinadas delante de sus ojos, con su cáscara
de naranja y su correspondiente “golpe” de Cointreau para flambear, les aseguro
que hará un cierre de almuerzo de lo más apetecible. Háganme caso, vayan al
“Caelis” y díganle a Alain que quieren comer bien. No les hará falta más.
¿Ningún defecto? Dos, a falta de uno. La ausencia de manteles (lo que da al
restaurante un “look” de “brasserie”) y la cortísima carta de vinos blancos que
Anouk, la sommelier, presenta al gastrónomo. Lo cual estando en Cataluña, es un
pecado demasiado grave. Pero seguro que, como prometió, lo arreglará en breve.
Esperemos
Para
el gastrónomo comer bien en Valladolid siempre ha sido cosa fácil de lograr.
Esos lechazos recién salidos del horno, ese pan candeal que en Valladolid
disfruta hasta de marca de garantía y ese vino de las riberas del Duero, siempre
le han puesto las cosas fáciles al viajero. Pero en esta ocasión y tras hacer lo
posible para que la hora del yantar le pillase en la capital vallisoletana, el
gastrónomo ha preferido cambiar el ronco sonido del bordón, por el pizpireto
de la prima y se ha acercado hasta el Restaurante “Ramiro’s” (Avda. Nuestra
Señora del Prado, nº2, (Centro Cultural Miguel Delibes), Tfno: 983384812).
Situado en el tercer piso del Centro Cultural Miguel Delibes, el restaurante
Ramiro’s, ofrece, a más de una extraordinaria cocina de autor, una magníficas
vistas sobre los extrarradios de Valladolid. Ramiros’s, un coqueto restaurante
con una decoración minimalista pero de buen gusto, ostentando su estrella
Michelín. Javier, hombre de una educación exquisita, recibe al viajero, una vez
sentado a la mesa, con unos aperitivos dignos de la mejor y más creativa de las
cocinas. Desde la “Magdalena de chorizo”, hasta la “Barquilla de tomate con
sardina”, las preparaciones son dignas de figurar en el mejor de los menús. Pero
no acaban ahí las sorpresas, porque como la visita del gastrónomo coincide con
la apertura de la veda de la caza mayor, un corzo extraordinariamente cocinado y
mejor presentado cierra una comida digna del recuerdo, aunque Ramiro’s guarde
para el final su último juego gastronómico y que no es otra cosa que un helado
de crema de la pasión (en mi caso), congelado en la mesa, ante tus ojos, en base
a bañarlo en nitrógeno líquido, un capricho tan del gusto del gastrónomo que no
se resistió a la tentación de repetirlo. No lo olviden. Si van a Valladolid,
dense una vuelta por Ramiro’s, seguro que me agradecerán el consejo.
El gastronómada, que anda
hoy dándose una vuelta por el campo charro, ha decidido reposar sus
preocupaciones en Salamanca, y muy posiblemente sólo por ver si del roce de sus
paredes se le contagia algo de esa cultura, que buena falta le hace. Aunque ya
sabe que por muchos esfuerzos que haga y “…como decíamos ayer”, que dicen que
dijo Fray Luis de León, «Quod natura non dat, Salmantica non præstat» (Lo que la
naturaleza no te da, Salamanca no te lo presta). A pesar de todo y aunque el
gastrónomo no es un gran andarín ha decidido acercarse dando un paseo hasta la
plaza de El Concilio de Trento, lugar donde brilla con todo su esplendor ese
magnífico edificio que es el Convento Dominico de San Esteban, en cuya
contemplación pierde (que no es perder) los diez minutos que faltan para que,
justo enfrente de su puerta principal, abra sus puertas con un amplio ventanal
que da a la fachada del convento el restaurante de “Victor Gutierrez” ( c/
San Pablo 66 E- Tfno: 923262973), restaurante que, a más de sus paredes
decoradas con cuadros de autor, ofrece al público cinco mesas, ni una más ni una
menos, donde con todo mimo y cuidado Víctor Manuel, peruano de nacimiento,
propone al comensal tres menús personalísimos confeccionados con los mejores
productos de cada estación. Por eso en esta ocasión el gastrónomo no puede
recomendarles ninguna ambrosía específica, porque todo depende “de qué” y “del
cuándo”, aunque lo que sí que les recomienda es que disfruten de los caprichosos
entrantes que Victor le irá dejando sobre su mesa, para que, a la sombra de un
aperitivo y en la contemplación de la puerta del Convento, la espera se les haga
menos penosa. La plaza del Concilio, el Convento de San Esteban y un restaurante
como el de Víctor Gutiérrez y todo en una treintena de pasos. Piénselo con
calma. ¿Quién da más
Al gastrónomo le gusta
Burdeos, la capital de la región de Aquitania. Pasear por ese “Puerto de la
Luna”, nombre popular con el que se conoce a la ciudad portuaria debido a ese
meandro del río Garona en forma de “croissant” y que Burdeos recoge en su
escudo, siempre resulta un empíreo placer. Hay grandes y lujosos restaurantes en
la capital de la antigua Guyena, pero esta vez el gastrónomo y aunque es
conocida su especial aversión por los pequeños “bistrots” con más mesas que
espacio, decide ir a comer a uno de ellos, posiblemente uno de esos centros
gastronómicos que todavía guardan el sabor de la vieja Gascuña. Se trata
“Chez Dupont” (45, rue de Nôtre Dame- Tfno: 33556814959) donde, caso de que
deseen probarlo, se hace indispensable la reserva previa. Y aunque “l’accueil”
les sorprenda un poco por su frialdad, no se desanimen y prueben sus magníficas
“Ris d’agneau” o su casi milagroso “Carpaccio de Saint Jacques” o su ligerísimo,
pero rotundo, “Cochon gras de Landes” y todo eso sin olvidar dejar “un petite
trou” para una “Crema Catalana” de postre que devuelve al gastrónomo a sus
sabores mediterráneos. Pero no sería justo hablar de Burdeos y no mencionar el
tesoro de sus vinos. El Burdeos tinto que se elabora generalmente a partir de
una mezcla de
uvas
como
Cabernet Sauvignon,
Cabernet Franc,
Merlot,
Petit Verdot y
Malbec y el blanco que lo hace a partir
de
Sauvignon Blanc, Semillón
y
Muscadelle. Grandes viñedos que dan
grandes vinos y como para muestra sólo vale un botón, recuerden que son cinco
los vinos tintos “premier cru” instituidos por la
Clasificación oficial de vinos de Burdeos de 1855
y que están entre los más buscados y caros del mundo:
Château Lafite Rothschild,
Château Margaux,Château
Latour,
Château Haut-Brion y
Château Mouton Rothschild.
En resumen, si quieren comer como príncipes y beber como reyes, vayan a Burdeos.
De verdad que no está tan lejos
Con
un cierzo helador y una lluvia pertinaz y molesta, el gastrónomo decide quedarse
a comer en su tierra y así, cogiendo la carretera hacia Santo Domingo de la
Calzada, donde cantó la gallina después de asada, sigue Valle del Oja arriba
hasta que llega a Ezcaray, villa esta de rancio abolengo, espíritu de la colmena
y a la que, ya el de,
el rey castellano le concediera un “Fuero junto a ,e ». El gastrónomo, que conoce bien la zona
y que sabe aquello de “Barriga llena a Dios alaba”, prefiere en esta ocasión
invertir los términos y antes de entrar al de la gastronomía se decide a pasear
el templo de Santa María, para extasiarse como siempre en la contemplación de
ese retablo del siglo XVI que junto con la iglesia fue declarado de Interés
cultural allá por el año 67. Luego, y a una docena de pasos frente a la puerta
principal, por fin el gastrónomo decide abrir otra puerta Esta vez es la de
“El portal de Echaurren” (C/ Padre José García, 19 Ezcaray - La Rioja Teléfono:
941 354 047). El portal ostenta orgulloso su estrella Michelín y es el feudo
de ese extraordinario cocinero llamado Francis Paniego, que tiene la extraña
habilidad de dejar siempre al comensal con la duda de cuál de sus dos virtudes
supera a la otra, si su calidad humana o la de mago indiscutible de sus
fogones. Por eso en esta ocasión el gastrónomo se deja aconsejar, pues sabe que
el mismo éxito tendrán las láminas de bacalao que la espiral de albahaca y
mozzarella. Aunque, todo hay que decirlo, sólo pone una condición, eso sí, el
buen rato ante los tapetes deberá comenzar con esas croquetas de Doña Marisa,
que a fin de cuentas no son otra cosa que trocitos fritos de nubes celestiales.
Visiten “El portal de Echaurren” y perdonen que parezca más una orden que una
recomendación. Estoy seguro de que me lo agradecerán a pesar de todo.
En sus casi siempre más
numerosos que apetecibles viajes al extranjero al gastronómada suelen
preguntarle cómo clasificaría la magnífica cocina española en un máximo de cinco
zonas geográficas, problema este, como ven, más difícil de resolver que el nudo
que uncía los bueyes de Gordias. Pero como la contestación es obligada y el
atrevimiento excesivo, aún a sabiendas de que, por abrir demasiado “le
fourchette”, algunas churras puedan colarse en el hato de las merinas, el
gastrónomo, de por sí atrevido y sabedor que elegir es renunciar, suele explicar
que según su criterio la gran cocina española se divide en cinco grandes zonas
geográficas: El Sur o la zona del “pescaíto frito”, el Centro o la de los
asados, el Norte o la de las salsas de muñeca, el valle del Ebro o la de su
salsa al chilindrón y el Este la de los arroces. Cinco. Una injusticia
manifiesta y una clasificación más que comprometida. El gastrónomo lo sabe y
admite ya de antemano la osadía de clasificar lo inclasificable. Pero si nos
paramos a pensar un poco y teniendo en cuenta lo arriesgado de toda
generalización: ¿Quién fríe mejor el pescado que los andaluces o asan mejor
rostrizos y lechazos que los castellanos? ¿Quién consigue con elementos tan
pobres como el perejil, la cebolla, el ajo, la sal y el juego de muñeca, una
salsa de la exquisitez de la salsa verde de nuestros hermanos del norte? ¿Quién
enrojece su gastronomía con una salsa, llámese chilindrón, piperrada o fritada
de más gracia y poderío gastronómico que los riojanos, navarros o aragoneses?
Y, ¿quién puede poner en duda que es el arroz el cereal que da brillo a la
cultura gastronómica de todo el litoral mediterráneo? Seguro que la
clasificación es pobre pero prueben a generalizar otras zonas geográficas y
verán cómo al final no están tan distantes a las anteriores. Si lo hacen, luego
me lo cuentan, por favor
El primero de Junio de
1533 un madrileño, algo más que pendenciero, derrotó a los indios “calamarí” en
las tierras de la actual Colombia, fundando a continuación un asentamiento al
que dio el nombre de San Sebastián de Calamar. No había acabado el año cuando
todos, de acuerdo con Juan de la Cosa, decidieron que este proyecto de ciudad
fuese rebautizado y pasase a llamarse Cartagena de Indias. El motivo era
sencillo, la similitud de las seguras costas colombianas de Cartagena de Indias
con las españolas de Cartagena, costas de las que Andrea Doria, aquel italiano
nacido en Oneglia en 1466 y que acabó luchando a favor de España dijo: “Hay tres
formas seguras de navegar por el Mediterráneo, en Julio, en Agosto y en el
Puerto de Cartagena”. Y hoy, el gastronómada, que anda buscando por Cartagena
esa misma seguridad a la hora de sentarse a la mesa, pregunta a un amigo
cartagenero, compañero de muchas mesas y manteles, antes de tomar una
determinación y la respuesta es casi tan rotunda como la de Andrea Doria. “Si
quieres comer bien en Cartagena, come en “La Marquesita” (Plaza
Alcolea 6- Tfno: 968507747- Cartagena) y como dicen que obedecer es amar,
hacia La Marquesita se dirige el gastrónomo. Y no se equivoca, pues allá
encuentra las primera habitas frescas de la temporada, los últimos calamares de
potera, el revuelto de trufas y boletus, el tartar de carne con su toque de
“wuasabi” y, entre otras ambrosías, un magnífico rabo de buey estofado hasta su
límite exacto de cocción. Háganme caso, ni Andrea Doria se equivocaba ni el
gastrónomo se equivoca si les invita a visitar “La Marquesita”, un sitio donde
les prometo que podrán disfrutar de una cocina mediterránea, casera, sofisticada
y realizada con componentes de primera calidad. Así de sencillo.
Para darles una idea de
la que será su opinión, debo confesar que el gastrónomo casi no puede escribir
sobre los riñoncitos de cordero sin que se le haga la boca agua. Y tras esta
declaración a corazón abierto creo que el avisado lector sabrá valorar las
filias que el gastrónomo siente por este órgano excretor de los vertebrados,
cada vez más difícil de encontrar en las grandes mesas. ¿El motivo? Muy
posiblemente el viejo refrán que dice ser cosa de necio confundir valor y
precio. El gastrónomo no lo sabe, pero la realidad es que aquellos magníficos
riñoncitos al Jerez brûlé, con su poquito de arroz Pilaf, que a tu vista
cocinaba el chef y que servía aquél magnífico restaurante barcelonés llamado
Finisterre, desaparecieron con el restaurante. Cosa similar ocurrida con
aquellos increíbles riñones asados en su cuna de grasa que servían con patatas
suflé en el tan recordado y añorado Club 31 de Madrid, muy cerca de la Puerta de
Alcalá. Los grandes desaparecen y con ellos los que con cosas pequeñas sabían
hacer grandes cosas. Pero afortunadamente y aunque la situación no está lo fácil
que solía, al gastrónomo todavía le queda un sitio donde satisfacer los
caprichos de su paladar. Está en Sevilla, en el restaurante “La Isla”
(calle Arfe 25- 954215376), a escasos metros de la catedral y de la Plaza de la
Maestranza y donde debidamente fileteados todavía siguen preparando unos
riñoncitos de cordero a la plancha que con su majadito de ajos y perejil siguen
siendo una verdadera delicia. Háganme caso y no echen mi consejo en saco roto.
De todas formas y si ustedes tras comerlos no están de acuerdo, al menos estarán
en Sevilla, y eso sí, Sevilla sí que puedo asegurarles que vale una Misa y hasta
dos.
En su último paseo por
esa Córdoba sultana y mora que roba el corazón de sus visitantes, el gastrónomo
no tuvo demasiada suerte y hasta la tercera no fue la vencida. Pinchó la primera
vez en el recordado “Caballo Rojo”, al que ya se le notan los años. Iba el
gastrónomo con ganas de comer unos alcaucines (“alcachofas silvestres”) y fueron
de conserva. Mal. Se aplicó luego al “mítico” rabo de toro y, estaba duro. Mal
también y eso que la receta es sencillísima “El rabo tiene que estar blando y
desprenderse la carne del hueso con facilidad y luego, si además, está bueno de
sabor… pues mejor”. Desilusionado el gastrónomo prueba al día siguiente en “El
churrasco”, Nada, nuevo pinchazo. Vulgar. Pero todavía quedaba un cartucho por
disparar. La cosa se estaba poniendo difícil, pero el gastronómada, que está
alojado en “La casa de las pavas”, el mismo edificio donde naciera don Luis de
Góngora, hace amistad con Oscar Hidalgo, chef de la cocina del hotel y éste, a
más de prometerle que antes de que se vaya le hará un rabo de toro, como “il
faut”, le pide que visite la cocina de “La cuchara de San Lorenzo” (
Calle del Arroyo de San Lorenzo nº 2. Tfno: 957477850) y a la tercera fue la
vencida. Y es en “La cuchara de San Lorenzo”, un coqueto restaurante con 5
mesas, una decoración minimalista y una calidad de propietarios similar a la
calidad de su cocina (Narciso atendiendo las mesas y Paco luchando con los
fogones), dan por fin gusto al viajero, con un carpaccio de gambas de primero y
un rotundo y sensacional plato de garbanzos con manos de cerdo, de segundo,
preparación excelentísima y que no dejo de recomendar a todos los amantes de los
platos de cuchara. Y si a todo eso le sumamos el rabo de toro deshuesado con el
que Oscar, en los fogones de “Las casas de las juderías” (Calle Tomás
Conde nº 10. Tfno: 957202095) se despidió del gastrónomo, la visita
cordobesa acabó siendo inolvidable
Recuerdo
que fue en Catania, la segunda ciudad de Sicilia y tal vez la más elegante si
exceptuamos algunos rincones de Ortigia, donde, hace ya demasiados años, el
gastronómada, intentando alejarse del griterio “a la siciliana” huyó por una de
la salidas de la Piazza del Duomo, pero sólo para darse de narices y nunca mejor
dicho con el mercado de minoristas de “La Peschería”. Un mercadillo empíreo, en
el que los rojizos-rosados salmonetes destacaban como hijos predilectos de aquel
mar que tantas Iliadas y Odiseas vivió, vive y vivirá mientras su particular
Neptuno se lo permita. Y debo decirles que, desde nuestro casual encuentro, el
gastrónomo ha guardado una especial fidelidad a este pariente de la familia de
los mullidaes, que por su color característico le han dado en España y Portugal
el nombre popular de “salmonete” (pequeño salmón), “rouget” (en francés), “red
mullet” (en inglés) y “triglia” (en italiano). Podemos distinguir (aunque en mi
opinión esto de distinguir es bastante exagerado) tres tipos de salmonetes: los
de roca, los de fango y los del Mar Menor (algo más pequeños pero de sabor mucho
más delicado) y aunque hay mil y una forma de comerlos a plena satisfacción, al
gastrónomo le gustan los un tamaño mediano, bien limpios y bien fritos con
cabeza y todo. Particularmente los he comido inmejorables en dos centros
gastronómicos de indudable mérito. El restaurante “O’Pazo” (Reina de las
Mercedes 20. Tfno: 915532333- Madrid) y en “El Pincho de Castilla” (c/
Jimenez de la Espada 53- Tfno: 96850987- Cartagena) donde si tienen suerte les
servirá Angel, un camarero atento además de educado, lo que siempre es de
agradecer
En
Figueres, la antigua Ficaris visigoda, provincia de Gerona y capital del Alto
Ampurdán, la ciudad más importante de las cercanas a la frontera con Francia,
centro neurológico de la Costa brava y pasillo que recorre a su albedrío la fría
tramontana, hoy el gastrónomo les invita a visitar dos centros en los que
saciar sus apetitos tanto artísticos como gastronómicos. El primero de ellos es
el Museo Dalí, inaugurado en 1974 y que, construido sobre los restos del antiguo
teatro de Figueres, contiene el más amplio abanico de obras que describen la
trayectoria histórica de Salvador Dalí (1904-1989) desde sus primeras
experiencias artísticas y sus creaciones surrealistas,
hasta las obras de los
últimos años de la vida del genial pintor Ampurdanés. El
segundo, de no menos importancia y a escasos doscientos metros del anterior, el
Restaurante Durán (c/ Lausaca nº 5- Tfno: 972-501250) centro inigualable
de esa magnífica cocina que los fogones ampurdaneses saben aportar a la
gastronomía Española. Sólo un par de veces el gastrónomo ha tenido la suerte de
visitar esos dos centros del arte: pictórico uno y culinario el otro, pero en
las dos ocasiones puedo asegurarles que la visita ha merecido la pena y que
tanto ha disfrutado con la contemplación del “Cadillac lluvioso” de don Salvador
como con la degustación, ahora que todavía estamos en temporada, de unos
maravillosos buñuelos de setas de plena estación o de esa increíble crema de
castañas con milhojas de ibérico, foie-gras y boniatos, que puedo asegurarles
resulta por la sencillez de sus complementos un plato de una exquisitez poco
habitual. Si no tienen nada mejor que hacer, háganme caso y vayan a pasar un par
de días a Figueres, porque estoy seguro de que, por una u otra cosa, me lo
agradecerán.
No
caigan en la trampa. Muchos, queriendo descifrar lo indescifrable, les
preguntarán con o sin buena intención: ¿dónde se come mejor, en Madrid o en
Cataluña? La respuesta al acertijo es clara y única: depende de dónde estés. Y
no hay otra. Es imposible comparar la talasocracia catalana, con los rotundos
asados castellanos. Pero hoy nos toca hablar del comer en Cataluña y a ello
vamos. Tiene Cataluña dos lugares que son un verdadero lujo para el gastronómada:
el mar Mediterráneo y el mercado de “La Boquería”. Créanme, con eso, y aunque
les parezca una “boutade”, le basta y sobra para completar las mejores cartas de
los mejores restaurantes de la región. Desde el pescado de sus provincias
costeras a la carne de Gerona, pasando por su fruta de Lérida, Cataluña dispone
de unas materias primas de extraordinaria calidad y que a fin de cuentas no
pueden más que reflejarse en sus fogones. Y es precisamente en esa maravilla de
mercado barcelonés, “La Boquería”, donde cada día nuestro chef Jean Luis
va
a aprovisionarse de los más selectos productos con los que luego asombrará a los
afortunados clientes que diariamente llenan su restaurante, ese Neichel
(Carrer de Beltrán i Rozpide nº1- Tfno: 93 2038408) que abre sus puertas al
“connaiesseur” de que en sus fogones se entremezclan los mejores aromas de su
Alsacia natal y los mejores productos de esa Cataluña que hace ya muchos años
que le adoptó. Fue en Neichel donde el gastrónomo probó por primera vez esa
exquisitez de solomillo de Gerona relleno de anchoas de la Escala y donde
todavía hoy se puede disfrutar de su inigualable tartar de centollo, bogavante y
vieiras. De todas formas, y en esta ocasión se lo pido por favor, coman cuanto
quieran pero esperen a los postres. Hay dos “trolleys” esperándoles que sólo por
ellos merece la pena darse una vuelta por Neichel. Palabra de honor.
Aunque
le llamemos como le llamamos, no vayan a creerse ustedes que nuestro pobre
protagonista no tiene un nombre de postín. Sepan que nuestro humilde mejillón,
al que en América del Sur le llaman “Choro”, es un honorable miembro de la
familia de los mitílidos y un interesantísimo molusco bivalvo de generoso
deleite gastronómico. En muchos países lo más frecuente es verlos cocidos, con
sus valvas abiertas y enseñando al consumidor su carne anaranjada o amarillo
pálido. En Bélgica (casi plato nacional) se consumen preferentemente con
patatas fritas (“Moules et frites), en Francia “Éclade des Moules” es un
mejillón asado, típico del golfo de Vizcaya, y en Italia es un fundamental
compañero de los “Spaguetti a la Vongole”. En España se suelen consumir, además
de en salsa verde, en salsa de tomate, fritos (tigres)… y sobre todo en las
regiones costeras solamente cocidos, con objeto de disfrutar al máximo de su
lustre marinero. Tanto en Bélgica, como en Galicia, como en Vizcaya, la receta
viene a ser prácticamente la misma: un buen recipiente, una buena cantidad de
mejillones (de ½ a 1 Kgr), un generoso toque de Ribeiro o Chacolí o Penedés,
algún tipo de verdura para amenizar el caldo y cuando las valvas, tras haber
cocido tapadas, comiencen a abrirse, servirlos en su punto exacto de cocción. Yo
donde más a gusto los tomo, y sé que es un sitio obligado para los turistas que
visitan Bruselas, es en “Chez León” (18, rue de Bouchers- Bruselas. Tfno:
2-511-1415). Pero, puestos a decir toda la verdad he de confesarles, y no
sin un cierto rubor, que aparte de que su ingesta puede hacernos alcanzar un
beneficioso equilibrio en nuestra dieta de Omega 3 y Omega 6 el mejillón tiene,
para ser consumido, un grave inconveniente y que no es otro que su precio. Para
lo buenos y saludables que son, son demasiado baratos. ¡Qué le vamos a hacer!
Me hubiera gustado
empezar el año hablando de las excelencias de nuestra cocina, pero en esta
ocasión el gastrónomo no ha querido que lo traten de “chovinista”, por eso y por
la importancia del tema a tratar, ha dejado pluma y espacio a quien fue capaz de
convertir el artículo gastronómico en toda una pieza literaria. Cuando quiera,
maestro, y Feliz Año Nuevo para todos: “(…) ¿Han probado ustedes esas
menestras sabrosas en las que junto a los dulces guisantes y las finísimas
habas, encuentra usted pencas de acelga y alcachofas, ambas rebozadas
previamente? ¿Han degustado sur place los tiernos espárragos blancos de la
región?¿Saben ustedes hacer la diferencia entre los vulgares pimientos morrones
y esos maravillosos pimientos del pico, que los riojanos tanto estiman? Vayan,
vayan a La Rioja ahora y descubran por sí mismos la enorme riqueza de la huerta
riojana. Esa huerta inmensa y envidiada a cuya extensión sólo ponen límite los
viñedos ilustres-ya casi en flor- que darán en otoño la noble compañía de sus
vinos a la excepcional culinaria riojana(…) O mil guisos más de esa que yo llamo
la agreste, pobre y exquisita cocina española. Agreste por la sublime sencillez
de sus condimentos: ajo, laurel, pimentón, tomillo, romero… Pobre porque la
cocina española se sostiene sobre el sólido y humilde andamio de las legumbres
secas (alubias, garbanzos, lentejas…) y exquisita porque hacer con esos
ingredientes grandes platos requiere mucha ciencia, mucha paciencia y mucho
tino. La Rioja -me atrevo a asegurarlo, pedantesca y tajantemente- posee una
culinaria gloriosa y ejemplar.” Estas palabras se las debemos a un hombre
del que don Camilo José Cela dijo que era uno de los que mejor habían comido y
bebido en España desde el concilio de Trento, don Víctor de la Serna. Por algo
será
Por razones que no vienen a
cuento, desde hace muchos años, procuro pasar la última noche del año fuera de
mi casa, ciudad y patria. Manías. Hoy, a cuarenta y ocho horas de la gran noche,
quisiera recomendarles un sitio encantador para pasar el Año Viejo y si tienen
la suerte de poder ir, podrán comprobarán que no les he engañado. Piensen: la
ciudad está en la Toscana Italiana, conoció su época de esplendor bajo el
dominio de la dinastía Médici y en ella se oyeron los primeros vagidos del
Renacimiento Italiano. Acertaron, es Florencia, la Firenze italiana. Y allí, en
la orilla izquierda del Arno y a cien metros de esa maravilla arquitectónica
que es el Ponte Vechio se encuentra el hotel Lungarno, hotel que continúa siendo
de la familia Ferragamo (Salvatore). Y aunque muy posiblemente no sea el mejor
de Florencia, pueden estar seguros de que una noche de fin de año, en el
Borgo San Jacopo (Borgo San Jacopo 62/R- Tfno +39 055 281661), restaurante
del hotel, les resultará tan encantadora ambientalmente como exquisita
gastronómicamente hablando. La pena es que el Borgo no tiene muchas mesas para
reservar, pero sí les aseguro que en su cena de fin de año no faltará alguna
especialidad cocinada con lentejas, porque en Italia el 31 de diciembre tan
típico como es en España tomar las uvas al son de las campanadas del carillón,
es terminar el año comiendo lentejas. Aunque, eso sí, a las 12 en punto y para
sus clientes españoles un camarero del Borgo repartirá saquitos con una docena
de uvas, para que el que quiera y a los sones de una cucharilla contra la pared
cristalina de una gran copa, cada uno pueda tomarse sus uvas como si en la misma
Puerta del Sol estuviera. Toda una delicia. Créanme
Me
gusta Bélgica. Es posible que sólo sea por fastidiar a los franceses, pero he de
reconocer que me gusta Bélgica y de Bélgica su capital. Dicen los franceses que
los belgas sólo comen mejillones y patatas fritas. No lo sé. Yo creo que no,
pero igual me da. En la Edad Media, el territorio en el que hoy está emplazada
Bruselas, era una zona pantanosa, llena de islotes. En el más elevado sus
habitantes fundaron una ermita (“sell”) y a su alrededor fue creciendo un burgo
(“broek”) y así nació Bruselas. Tampoco lo sé. Pero hay una cosa que sí que sé y
es que cuando tengan la suerte de ir a Bruselas y se cansen de admirar una por
una todas las fachadas de la Plaza Mayor, algunas con nombres tan pintorescos
como El Zorro, La Loba, La Bolsa o el Cucurucho y, cuando vean que se acerca la
hora de comer o de cenar, no dejen de visitar, previa reserva, “Comme
chez soi”
(Place Rouppe 23, Bruselas.
Tfno: 2-512-2921) aunque solo sea por dos cosas, la primera por probar su
increíble ensalada Parmentier con bogavante del Mar del Norte y trufas negras y
la segunda, previa petición, para que Mr. Lionel ordene que se les coloque en la
mesa que tiene destinada en una pequeña cava de la propia cocina (literalmente
“de” la propia cocina y donde los cocineros irán preparando todos los platos de
la carta delante de usted.) para gourmets encantadoramente cotillas y cuyas
paredes color crema verá llenas a rebosar de las firmas de todas las
personalidades, desde Plácido Domingo a Henry Kisinger, que antes de ocupar
cualquier mesa del distinguido restaurante prefirieron instalarse a pocos metros
de los chefs, pues sabían que allí tenían asegurada la entretenida soirée
Viene
el nombre de espardeña del catalán “espardenya” que en español significa
alpargata. Ahora que, si quieren que nos pongamos finos, hemos de decir que la
“Stichopus regalis” es una especie de equinodermo (erizos, estrellas de mar,
pepinos de mar…etc.) de la clase “holothuroidea”. En resumen y sin ganas de
marear la perdiz: espardeñas. Yo probé las espardeñas por primera vez hará unos
treinta años y he de confesarles que, aunque no desagradables, tampoco las
encontré tan exquisitas como para ir robándolas por ahí. Su carne blanca, por su
sabor, por su escasez en el mercado y por su precio era apreciadísima para
recetas de alta cocina. De mediados del XIX a mediados del XX las espardeñas
eran si no unas desconocidas, sí un plato que sólo apreciaban los hombres del
mar y especialmente en el levante español y en las Baleares, donde
principalmente las cocinaban como acompañamiento de los arroces típicos
marineros. Hoy las espardeñas han saltado de condimento a entremés delicado y,
cuando se las encuentra, las sirven en los selectos restaurantes de la costa o
bien rebozadas o bien a la plancha, sistema este que defiende algo más ese sabor
y textura mezcla de hongo maitake, navaja, calamar y almeja que las espardeñas
tienen. La última vez que las probé fue, por recomendación de Joan, en el
restaurante de Cambrils “Joan Gatell” (
977 36 67 82) En aquella ocasión Joan quiso deleitarme con un
plato de espardeñas, almejas e hígado de rape que, acompañado por una botella de
Augustus de Bodegas Torres, un chardonnay absolutamente redondo, he de reconocer
que resultó una combinación realmente exquisita. Si no las han probado háganlo,
aunque sea sólo una vez y por curiosidad, y luego ya me dirán si es o no es para
tanto.

Nada más sencillo. La palabra hamburguesa procede de la ciudad alemana de Hamburgo, el puerto más grande de Europa en el siglo XIX. Y precisamente los emigrantes alemanes fueron los introductores, en esa Babel de las nacionalidades que es EE.UU., del filete al estilo de Hamburgo. ¿Quién iba a presumir que su expansión llegaría hasta donde ha llegado?, porque hoy no hay ciudad, villa o villorrio que no disponga de un establecimiento donde despachar hamburguesas. A mi juicio lo más inaudito de su historia es su ancianidad, porque no vayan a creerse que la aventura gastronómica de nuestro plato es de reciente creación, téngase en cuenta que el alemán L. F. Jungius ya detalló en un libro de cocina del año 1864 la receta de unos “Klops”, cuyos ingredientes eran: carne finamente picada a cuchillo, pan rallado y pan en agua y salpimentado y sólo hubo que esperar a 1870 para que el restaurante de Auguste Ermich de New York, comenzara a servir carne para hamburguesas. Hoy hay que reconocer que la típica hamburguesa no goza de muy buena fama; que si grasa, que si colesterol, que si comida rápida, en fin, una serie de epítetos que a pesar de todo no consiguen evitar que sea uno de los productos más consumidos por la juventud. Particularmente sólo conozco un restaurante de altísima gama, en el que desde hace muchos años el típico filete de Hamburgo mantiene un puesto de honor en su carta. Se trata de “Horcher” (Alfonso XII, 6- Madrid- Tfno: 91 522 0731). Su hamburguesa, con su magnífica carne picada, sus aros rebozados de cebolla y discrecionalmente su mostaza o su “Ketchup”, sigue siendo la mejor que los amantes de los filetes de carne picada pueden encontrar en Madrid. Vayan y compruébenlo, pero no piensen que el precio es el mismo que las “burguer” de las grandes cadenas. Algo tendrá el agua cuando la bendicen
Dicen las
estadísticas, aunque mucho caso no hay que hacerles, que España es el segundo
país consumidor de pescado del mundo. El primero es Japón. Démoslo por bueno y
no pensemos que esto es debido a que seamos una península, si esto fuera cierto,
imagínense qué cantidad de pescado debiera de comerse en Inglaterra, donde si
los sacas de los lenguados de Dover y los modestos Fish & Chips, les acabas de
desbaratar las cartas de pescado en los restaurantes. Desde muy antiguo se come
en España el pescado y desde muy antiguo también se habla del garo, palabra
derivada del latín “garum” y en la antigüedad condimento indispensable
para comer el pescado. Era el “garum” una salsa hecha de vísceras
fermentadas de pescado que se usaba principalmente para dotar de un sabor salado
a los alimentos (pensemos en la salsa de soja de hoy día, compañera
indispensable de los pescados crudos) y cuya composición, aunque algo confusa,
ha llegado hasta nuestros día de la mano de Apicio, quien la hace aparecer en su
obra “De re coquinaria”. Una salsa que, mezclada con
vino,
vinagre,
sangre,
pimienta,
aceite
o
agua, servía para aliñar otros alimentos y darles sabor. Hoy
en día, afortunadamente, no necesitamos del garo para hacer unos exquisitos
platos a base de pescado. Todavía recuerdo una comida en San Vicente de la
Barquera cuando, en la proa de un barco que descansaba en el embarcadero y con
el tradicional sistema de cucharada y paso atrás, un grupo de amigos dimos
cuenta de un increíble “Sorroputún” (Marmitako llaman los vascos a este plato de
bonito, patatas, pimiento, tomate, pan y especias). Un increíble guiso marinero
al que afortunadamente para convertirlo en una ambrosía no le hizo falta ni una
gota de garo. Palabra
24/11 Comer en Ciudad del Cabo II
(Continúa) Y es que estar
comiendo en algún restaurante del Waterfront, contemplando la entrada y salida
de los barcos al puerto, las gaviotas revoloteando sin rumbo fijo y las focas de
vez en cuando asomando sus bigotes entre las embarcaciones, mientras al fondo
puede verse la “Table Mountain” (Montaña de la Mesa), que parece proteger la
llegada al océano, es una visión de una luminosidad y belleza extraordinaria.
Para los amantes de la comida japonesa puedo recomendarles que no dejen de
visitar el restaurante “Sevruga” (Shop 4- Quay 5- Waterfront- Tfno: 002721
4215134), aunque si lo que desean es un restaurante de raíces con más
solera, situado a la orilla de la costa atlántica, de tradición culinaria
italiana y donde siempre tienen unas langostas de roca con las que tentar al
gastrónomo impaciente, no dejen de visitar “La Perla” (Beach Road- Sea Point-
Tfno: 002721 4399538) y para probar un magnífico curry no se olviden de
visitar el resturante “Wang Thai” (Waterfront- Tfno 002721 4218702). Y
ahora permítanme que les cuente una anécdota gastro-sudafricana. Sudáfrica y
Namibia (tan cerca y tan lejos) son uno de los enclaves donde más merluza se
pesca del mundo, merluza que una vez congelada se exporta a todo el globo. Pues
bien, no se molesten ustedes en pedir, ni en los mejores restaurantes, que les
sirvan este magnífico teleósteo. Sencillamente, salvo en los restaurantes
portugueses, siempre mediocres, la merluza no se come, ni en Sudáfrica ni en
Namibia. Y creo yo que no la comen porque disfrutan de unas extraordinarias
rosadas (genypterus blacodes), también llamadas “congrio rosa” en Argentina que,
sinceramente, para mi gusto particular las encuentro de textura y sabor mucho
más exquisito que la merluza. Háganme caso y cuando vayan a Ciudad del Cabo
acérquense al “Waterfront” y coman “rosada”. Seguro que me lo agradecerán.
17/11 Comer en Ciudad del Cabo

Hombre, la verdad es que hay que reconocer que muy cerca, muy cerca, no nos queda, pero sí es bueno que sepan que en Ciudad del Cabo, allá por la Republica de Sudáfrica, se puede comer muy bien y lo digo para quien no conozca aquella maravillosa ciudad, geográficamente y para mi gusto, una de las más hermosas del mundo, junto con Río de Janeiro. La buena mesa en Capetown, sigue un mucho su historia. Primero holandeses, ingleses luego, afrikanders, hindúes, malayos… todos, en aquel punto donde se remata el continente africano, han obligado a que los fogones de la gran ciudad se hayan ido acomodando al gusto de sus habitantes. No tiene la Ciudad del Cabo, digámoslo de entrada, una cocina autóctona de lujo, pero es indiscutible que en muchos de sus establecimientos está magníficamente representada la cocina japonesa, con su sushi y su sashimi, la china con su “zong” (arroz envuelto en hojas de bambú), la francesa, la italiana, la malaya con su “nasi lemak” (literalmente arroz en crema) que es quizás el de Malasia y la hindú con su curry inevitable e inimitable. Puedo asegurarles que allí el gastronómada encontrará con una cierta facilidad cómo y dónde satisfacer sus deseos. Y para complemento de todo lo anterior he de decirles, con toda la rotundidad posible, que Sudáfrica cuenta con algunos de los mejores vinos del mundo, tanto en paladar como en presentación. Únicos Cabernets, extraordinarios Chadonnays, simpatiquísimos Sauvignon Blancs, caprichosos Pinot Noirs… todos perfectos en presentación, cuidado, cuerpo, color y aroma. Pero es que hay más, porque lo mismo que la ciudad de New York cuenta con St. Pierre 17, la Ciudad del Cabo, pero multiplicado por cien, cuenta con un Waterfront de belleza y calidad de construcción muy superior a la “neoyorkina”. La semana que viene se lo cuento. (Continuará)
Ya tenemos dos “Monna
Lisa”. Una parece ser que fue pintada por el gran Leonardo, la otra parece que
por un discípulo suyo. Una está en París, la otra en Madrid. Una será la Monna
Lisa “de autor” y costará una fortuna y la otra será una copia más o menos buena
y costará lo que paguen por ella, si es que alguien la quiere. Sólo hay una cosa
segura y es que no existen dos “Monna Lisa” de autor. Cambiemos de Arte con
mayúscula y vayamos al de los pucheros. En Mónaco, en la Plaza del Casino y en
el hall del Hotel París, según se entra a mano derecha, se encuentra uno de los
templos de la gastronomía mundial: el restaurante “Luis XV”
(+37798065907), primer restaurante de hotel en recibir las tres estrellas
Michelín y en el que Alain Ducasse supo verter desde el principio su poética
gastronómica triunfando como sólo los elegidos saben hacerlo. Un detalle, cuando
vayan no se les ocurra comerse toda la mantequilla que Mr. Lang, el director de
protocolo, pedirá que les ofrezcan. Háganme caso que sé por qué lo digo. Pero el
caso es que al otro lado del charco, en Nueva York, en la esquina de la 55 con
la V Avenida, en el corazón del Midtown Manhattan, se encuentra el Hotel Sr.
Regis y en él hay otro restaurante “Alain Ducasse” (+ 1 212 7102277).
Poco se parece al Luis XV monegasco pero si reservan a tiempo seguro que Mr.
Rostock les guardará una de las mesas que dan frente al ventanal desde donde
podrán ver trabajar a la perfección a todo el equipo en la cocina. Y ahora viene
la gran pregunta: si el “autor” Ducasse está en Mónaco, ¿a qué viene hablar de
Ducasse en New York, en lugar de un discípulo de Ducasse? ¿Ubicuidad o
Marketing?
Inconfundible. Un pez
alto, ovalado y muy comprimido lateralmente; cabeza grande, boca protráctil y
una aleta dorsal formada por largos filamentos. Pero ojo, que no todo el monte
es orégano. Para que sea un verdadero pez de San Pedro, un “Zeus Faber”
como Dios manda, tiene que tener dos manchas redondas de color pardo
amarillentas en cada uno de sus costados. Si no es así es muy probable que nos
encontremos ante un “Zeus” pero no será “Faber”. ¿Y esa
insignificante diferencia en la pigmentación de su piel será lo suficiente para
que el gastrónomo, cuando el pez repose en su plato, perciba que en lugar de un
“Zeus Faber” es un “Zeus Capensis” (variedad sin manchas)? Personalmente
lo dudo mucho, pero en esto de la gastronomía bueno es dudar de todo. Lo cierto
es que ante un “Zeus Faber” nos encontramos ante un pez de leyenda, pues
se cuenta, basándose en el evangelio de San Mateo, que las dos manchas redondas
de sus costados son las huellas del apóstol San Pedro, quien, por orden divina,
cogió el pez para sacarle de la boca una pieza de oro con la que pagar el
tributo del templo. Leyendas. El gran mercado de nuestro pez zeiforme de aguas
profundas es Francia y es allí donde particularmente los he comido, preparados
de la forma más sencilla que se pueden imaginar. Pequeños, muy pequeños para su
talla habitual, y sencillamente fritos. El lugar fue en una de las pocas
instituciones gastronómicas que quedan en París, el restaurante “Chez
Lasserre” (17, av. Franklin Roosevelt, tfno: 33(01) 435 90213). Y, háganme
caso, si pueden ir a cenar una noche de verano, pidan que los acomoden en una de
las mesas del primer piso. Cuando de pronto el techo del restaurante se abra y
ustedes terminen su cena bajo las estrellas del cielo parisino, me lo
agradecerán. Seguro
Si tuviéramos que elegir
un plato español de proyección internacional, Dios no lo quiera, muy
posiblemente ganaría la paella por varios largos de ventaja. Cuentan que un
cocinero francés se interesó por la verdadera receta de la paella y no tuvo
mejor idea que preguntarle por ella a un español, compañero de cocinas y
fogones. Es muy fácil, en una paella (por favor, el término paellera no existe.
El menaje típico donde se confecciona el plato se llama paella) se pone aceite y
cuando esté caliente se prepara el sofrito. Puedes echar unos ajos machacados,
unos guisantes si tienes, o alubia verde o alcachofas, unos mejillones, puedes
poner pollo, un poco de tomate, unos caracoles, un poco de conejo, algo de
congrio, unas gambas o langostinos o cigalas… y hasta ahí llegaron las
explicaciones, porque el cocinero francés, echándose las manos a la cabeza, le
dijo: para, para, por Dios, eso no es un plato, eso es la anarquía. Y lo
gracioso de la historia es que, aparte de las paellas específicas de esto, o de
lo otro, la tradicional realmente es una anarquía, pero una anarquía que cuando
está bien equilibrada y mantiene su punto correcto en la textura del arroz (al
dente evitar) se convierte en un plato de lujo para cualquier mesa que visite.
Quizás sea Valencia donde, por tener a mano las magníficas plantaciones de
arroz, exista más refinada la gastronomía de la paella y si “más a más”, para su
confección emplean ustedes arroz bomba y la cocinan al fuego de la leña del
naranjo, les puedo asegurar que de la humilde paella habrán hecho ustedes una
“delicatessen” . Personalmente donde mejor las he comido es en ese templo
gastronómico del arroz que se llama “La Marcelina” (Avda. de Neptuno 8- Playa
de Las Arenas. Valencia. Tfno: 96 63712025). Y cómo será la cosa para que
hasta don Rafael García Serrano dejase escrito que “Marcelinear” era sinónimo de
darse, comiendo, la gran vida. Si pueden, no dejen de ir, me lo agradecerán
Hombre, yo lo comprendo,
qué quieren que les diga, si así de sopetón les hablan de un pez de cuerpo
alargado, con forma de serpiente y de piel gruesa y resbaladiza, la verdad es
que no es de extrañar que adelanten un “No gracias” antes de que la frase
termine. Pero no corran demasiado porque a lo mejor les están hablando de la
anguila y, gastronómicamente hablando, les aseguro que eso son palabras mayores.
El color de este pez suele variar con la edad y, dependiendo de los años, pasar
de un tono pardo oscuro en el lomo y costado y vientre amarillentos a un pez de
lomo muy oscuro y flancos plateados. Las anguilas, en contra de muchas creencias
populares, son peces que pasan su vida en agua dulce, pero siempre cercanas a
fondos barrosos donde suelen enterrarse con facilidad. Hay varias formas de
comer la anguila: ahumada, (exquisita para aperitivos y canapés) o asada, frita,
o cocinada. Plato típico valenciano donde la albufera les facilita el entorno
ideal para su supervivencia. Como más me gusta comerla es cocinada al “All-i-pebre”.
Anguila-aceite-ajo-patatas pimentón rojo y un pellizco de canela para suavizar
un plato ya delicado de por sí. Particularmente donde más a gusto las he comido
ha sido en “Casa Carmina” (calle Embarcadero nº 4. El Saler. Valencia. Tfno:
96 1830254). Si tienen la suerte de acercarse por allí en los meses en los
que las anguilas todavía no han emprendido su viaje transoceánico y poder
acomodarse en su docena larga de mesas, podrán comprobar lo que un simple
“All-i-pebre” puede dar gastronómicamente de sí. Sólo un aviso, por si acaso.
Tengan en cuenta que es un pescado muy graso y prácticamente es colesterol en
vena. Pero fuera de eso… un día es un día, ¿o no?

Aunque sé que de gustos no hay nada escrito, me van a permitir que les diga que la becada, o la “sorda”, o “la chocha” como coloquialmente se la llama por el norte de nuestra España, es indiscutiblemente el mejor volátil comestible del país. Y, para reforzar de manera innecesaria esta primera afirmación, me van a permitir que les certifique que los españoles no somos los únicos que pensamos así. La becada es un ave migratoria que se va a pasar el invierno a los olivares del sur y cuando el calor comienza a apretar pasa los pirineos, camino del norte. Vamos, que es una turista invernal. La becada, que no vuela demasiado, elige para su hábitat las zonas más “sucias” y húmedas del bosque, donde se alimenta de las lombrices y gusanos, que desentierra con su afilado pico. Su caza requiere de perros bien amaestrados y por parte del cazador una paciencia a prueba de bomba, pues lo mismo que hemos dicho que no vuela demasiado, apeona con una ligereza y resistencia fuera de lo normal. A mi juicio la mejor manera de comerla la hallaron en Francia (¿dónde si no?) y titularon el plato “bécase sur canapé”. Después de haberle extraído todo lo que forma la tripa, se asa el pájaro entero en una cazuela. Más tarde, sobre una tostada, se extiende el contenido de la tripa y luego sobre la tostada se coloca el volátil, rociado por el jugo segregado por su asado. No es demasiado complicado y sin embargo y, sin dudarlo, gracias a su materia prima, puedo asegurarles que para los amantes de la cocina de la caza resulta un plato extraordinariamente agradable. Particularmente donde mejor la he comido es en “Jolastoki” ( Avda. de los Chopos 21, Neguri, Getxo, Tfno: 944-912031), donde la belleza del entorno no desdice del exquisito servicio y la rotunda solidez de su mesa. O flambeada al “armagnac” o estofada a los nabos, su plato de becada alcanza la categoría de obra maestra
En
su libro “La casa de Lúculo” mi tocayo y maestro Camba escribe una frase que por
mucho que se lea nunca deja de llamar la atención. Se pregunta el escritor en
qué se diferencia el conejo casero del conejo de bosque y explica:
“Parcialmente consiste en el distinto régimen alimentario de los dos conejos,
pero principalmente consiste en que al casero se le agarra por el pescuezo
cuando se le quiere cocinar y al otro se le caza con una escopeta” y, además
de cierto, es fácil comprobarlo. Cuando se va de caza y matan un animal en pleno
esfuerzo muscular, podrán comprobar que en la pieza muerta se ha producido un
fenómeno de contracción y de rígida paralización. Dicen los técnicos que en los
músculos de los animales existe un ácido llamado sarcoláctico que se segrega en
abundancia cuando la pieza muere en pleno ajetreo muscular. Este ácido es el
culpable de que la carne esté dura y de que no se separe del hueso con la
facilidad que debiera, por lo que al buen gourmet no le queda más remedio que
dejar la pieza colgada y esperar a que cierta descomposición microbiana corrija
la rigidez. En francés esta operación tiene un nombre: “faisander” la
caza. Dicen los franceses, y en este punto particularmente no suelo hacerles
ningún caso, que, cuando se matan un par de faisanes, hay que dejarlos colgados
por la cabeza durante unos días en los altos de la casa y cuando se caigan del
gancho que los sujetan es el momento de cocinarlos. Me parece una exageración.
No es ninguna novedad que este procedimiento produce en la carne una
putrefacción y que de ahí a ingerir un tóxico evidente no nos queda más que un
paso. ¿Qué haremos entonces, comer la carne dura y cruda o “faisandarla”? Para
mí la respuesta es clara. En el término medio está la virtud. ¿“Faisandarla”?,
sí, pero, por favor, que ni yo ni mi olfato lo notemos
No
es fácil encontrar en New York sitios donde comer cocina americana y sin embargo
¡qué bien puede comerse en New York! Y la verdad es que este contrasentido tiene
su lógica. No tiene la Gran Manzana una cocina autóctona. Desengañémonos,
cualquiera que haya pasado unas semanas pateando sus calles sabe que lo que digo
es cierto. No digo que la ciudad carezca de grandes, grandísimos restaurantes,
recordemos el “Alain Ducasse”, del hotel St. Regis entre la 55 y la Vª o ese
otro templo de la cocina francesa, llamado “Le cirque” y que abre sus puertas en
el 151 Este de la calle 58. Ahí puedo asegurarles que comerán de maravilla, pero
comerán de maravilla una extraordinaria cocina francesa que, entre nosotros,
tampoco es para hacerle ascos. Pero, para el gatronómada, la Gran Manzana le
ofrece otra posibilidad que nació a la vez que la ciudad. A principios del siglo
XIX la Isla de Ellis fue la puerta por la que en pocos años más de veinte
millones de inmigrantes entraron al estado de New York. Emigrantes que con el
tiempo supieron mezclar su sangre y sus culturas con las del pueblo americano y
así lograr esa mezcla de civilizaciones que hoy fecundan las tierras de los
Estados Unidos. Rusos, chinos, italianos, judíos, irlandeses, griegos, polacos…
millones y millones de inmigrantes en busca de nuevas tierras donde iniciar
nuevas vidas. Y es en esa extraordinaria variedad de culturas donde el
gastrónomo paciente y tolerante puede encontrar reunida, en apenas unos
kilómetros cuadrados, la más amplia variedad de delicias, desde el “zong” chino
a la popular “moussaká” griega o el delicioso “colcannon” irlandés, los
“joledetz” de ternera de la cocina judía o los humildes, pero exquisitos,
“pirozhkis” rusos. Algunos pensarán en la desazón que puede provocar el no
encontrar todos los platos en la carta del mismo restaurante, pero no me negarán
que acercarse paseando hasta la IIª Av. para, entre la 12 y la 13, comerse en
Navidad unos maravillosos “bigos” polacos, no tiene su gracia.
Me
gusta Lisboa. Estar en Lisboa. Respirar Lisboa. Creo que pocas veces una frase
ha definido tan bien el aroma de una ciudad como esa que define a Lisboa como
“antigua y señorial”. No les quepa duda, es cierto. La exquisita educación y
extraordinaria amabilidad de la que hacen gala la mayoría de los portugueses
forma parte indudable de unos de sus encantos más especiales. Gastronómicamente
hablando Portugal es la patria del “bacalhau” por lo que no debe extrañarles que
digan los portugueses que hay 365 maneras distintas de preparar el exquisito
teleósteo, una para cada día del año. Aunque la verdadera gracia de cualquiera
de sus presentaciones está en cómo desalarlo sin que pierda sus características
de pescado seco pero haciéndole ganar las del fresco, cosa esta en la que los
portugueses no tienen rival. Es casi imposible recomendarles algún sitio donde
comer bien en Lisboa, la lista sería demasiado extensa, desde todos los
restaurantes que salpican los alrededores de la Plaza de los Restauradores,
hasta La Fortaleza do Guincho, en Cascais, donde a la orilla de aquel que fuera
Mar Tenebroso la cocina francesa se impregna del aroma de las Indias Orientales.
Lisboa y Portugal, Portugal y Lisboa, son un paraíso para el “gourmand”. Por
eso, y suponiéndoles gastronómadas de dispares placeres, me van a permitir que
les recomiende que no se vayan de Lisboa sin pasar una noche en el “Clube de
fado” (Rúa San Joâo de Praça 86-94. Tfn: 218 852 704). Allí, en pleno
corazón de Alfama y pared con pared de la Catedral de Lisboa, las delicias del
vino verde se mezclaran con las del “bacalao sudado” y con los fados que les
harán llorar el corazón. Una noche portuguesa que de verdad les auguro
inolvidable, porque es cierto: “ Nao!se, que passo? // Nao!se, como permiti?
// Apaixonar-me de voce // desta maneira.
Hablar de la pasta y de la
gastronomía es hablar de Italia y, por la misma razón, hablar de un restaurante
italiano es hablar de un templo gastronómico que, estemos en el país que estemos
y sea la ciudad que sea, es un seguro refugio para el gastronómada perdido o
desorientado. Estoy por asegurar que nadie come mal en un restaurante italiano.
Soy consciente. Es una hipérbole. Pero, ¿quién no ha estado perdido,
gastronómicamente hablando, en Berlín, Londres, Lima, Shangay… y no ha visto sus
ojos abrirse y sus glándulas salivares excitarse tras la mera contemplación de
la fachada de un “Ristorante” italiano? Pero volvamos al camino perdido y
hablemos de la pasta. Estarán de acuerdo conmigo que unos nombres tan deliciosos
como “sapaghetti, pacioli, tagliarini, lasagne, taglaitelli…etc.”, no
pueden designar nada que sea malo, pero, puestos a elegir y al igual que pensaba
mi maestro Josep Pla, soy de la opinión de que sólo existen, culinariamente
hablando, dos tipos de pastas: los “spaghetti” y todas las demás. Por eso me van
a permitir que, sin menospreciar ninguna “Trattoría” española (muy posiblemente
las mejores después de las italianas), me permita recomendarles una que se
encuentra en el centro histórico de Roma, entre el “Ara Pacis” y “La
Piazza del Pópolo”, recientemente “scossa” por un terremoto.
Se trata de “La Buca di Ripetta” (Vía de Ripetta, 36- Tfno: +33063219391)
y una vez allí disfruten de su cocina romana pidiéndole a su “chef” Emiliano que
les prepare unos “Spaghetti pomodoro y basilisco”, así, sencillito… y
luego hablamos. Les auguro una excelente parada gastronómica para abrillantar
nuestro almuerzo romano. Y, por favor, cuando estén sentados a la mesa,
coqueteando con los “panini”, recuerden ese dicho italiano… “De lo buono,
poco; ma questo poco, abbondante”. Háganme caso
En
el Marais, un barrio de París situado entre el III y IV “arrondisement” y
flanqueada por las calles Turenne, Tournelles y Francs Bourgeois, está la “Plaza
de los Vosgos”. En ella, y desde hace 25 años, abre sus puertas “L’Ambroisie (9-
Place de Vosges. Tfno: +33 (01) 42785145). En pocas ocasiones el nombre otorgado
a un restaurante corresponde con tanta exactitud a sus características. Cuando
el viajero “entra” en la plaza de los Vosgos tiene la impresión de que el tiempo
se ha detenido y que en aquel pequeño cuadrado de 140 metros de lado todavía
brilla en todo su esplendor el ambiente parisino que un siglo más tarde
estallaría en Versalles. Por eso posiblemente atravesar la puerta de L’Ambroisie
no signifique como en tantas ocasiones dar un salto en el tiempo, ya que el
restaurante, considerado el más lujoso de todos los tres estrellas de París,
sigue siendo un modelo del lujo y boato dieciochesco. Sin embargo todo ese fasto
y exceso desaparece en su cocina, donde unos fogones sin florituras sirven a
Mathieu y Bernard Pacaud para desarrollar todo su buen hacer culinario, haciendo
de L’Ambroisie uno de los restaurantes de mayor prestigio de París. Resulta
difícil recomendar un plato cuando se tiene delante la magnífica carta del
restaurante, pero, aún sabedor de que la ignorancia es muy atrevida, permítanme
que les recomiende una entrada que por la sencillez de sus componentes parece
imposible que el conjunto alcance los niveles de ambrosía que consigue.
Me estoy refiriendo a las “Cromesquis
de cuisses de grenouilles, ail en mousseline et, émulsion d’oxalis”.
Nada por aquí, nada por allá. Unas simples cromesquis de ancas de rana,
como si dijésemos “a la provenzal”. El reto está servido. Por cierto, dejen un
poco de espacio para la variedad de dulces y pastelería final. Es la última
sorpresa y seguro que me agradecerán el consejo
Siempre fueron las tierras
del Cid tierras del buen yantar, de un comer sólido, sin frivolidades. Una
cocina austera y castellana, hecha para hombres que saben del frío del páramo y
de las fértiles riberas de ese Duero que no quiere salirse de España sin besar
las tierras burgalesas. A dos kilómetros de ese milagro de luz y piedra que es
la Catedral de Burgos, encontrarán el Hotel Landa (Carretera Madrid-Irún, Km.
235. Tfno: 947-257-777), un hermoso ejemplo de todo lo que carecen esas
espinitas clavadas en el corazón del buen gusto que son el 90% de los Paradores
de España. Este hotel privado, gestionado por la misma familia desde sus
orígenes, lleva más de medio siglo cumpliendo a la perfección eso ya tan
olvidado de dar albergue al peregrino y ¡Vive Dios! que lo da con generosidad y
largueza. Misma generosidad que ostenta esa torre del homenaje del siglo XIV,
que fue reconstruida piedra a piedra para gozo del visitante. Los dos
restaurantes del Landa, uno para los almuerzos y otro para las cenas, con su
lujo sobrio y su servicio clásico, son sólo un ejemplo de lo que luego nos
encontraremos en sus cocinas, donde a la vista del público lechazos y rostrizos
asados con amor y paciencia le enseñarán al gastrónomo el verdadero significado
del verbo asar. Háganme caso y, si algún día pasan por el Hotel, dense un paseo
por su gótica piscina, recorran despacio su pasillo de los relojes, entren a su
comedor y díganle a Vicente Arnáiz (37 años de maître les contemplan) que
quieren comer bien. Seguro que no le hacen falta muchas más aclaraciones para
hacerles pasar un rato gastronómico que seguro me agradecerán. Y si a medio día
quieren darse un homenaje sencillo y rotundo a la vez, entren ustedes al bar y
pidan que les frían unos simples huevos con “puntillas” y morcilla. Les prometo
que agradecerán mi consejo
El cocido Lebaniego es
el plato rey de la cocina de Liébana, esa comarca histórica de Cantabria que
linda con las provincias de Asturias, León y Palencia. En este gran plato de
“cucharada y paso atrás” tienen especial relevancia los pequeños pero grandiosos
garbanzos de Potes, las patatas, el buen repollo a falta de berza, el
“compango”, ese acompañamiento de productos ahumados de la “matacíu” (matanza)
del “chon” y el “relleno”, que no es otra cosa que una masa hecha de miga de
pan, huevo, chorizo y perejil. Total, nada. Empiecen con la sopa, sigan con los
garbanzos, suavicen el camino con un poco de ensalada, ataquen luego los
productos cárnicos y después ya pueden, si logran levantarse, salir en invierno
a los campos donde nace el cierzo y hasta no importa si se olvidan la zamarra en
casa. De la familia del Cocido Madrileño, es el lebaniego como ese hermano mayor
del que de pequeños admiramos fuerza y resistencia. Particularmente he comido
los que sirven en algunos restaurantes de Santander y el que dan en el mismo
pueblo de Potes, perdido entre miles de vueltas y revueltas de la carretera que
lo une con el valle, pero el único que ha quedado en mi recuerdo es el que
sirven en el Restaurante de “El Oso” (Carretera de Potes a Fuente De, Kmtro.
13. (Cosgaya). Camaleño. Tfno: 942 733018) a las puertas de los Picos de
Europa y situado en la carretera por la que se accede al teleférico. “El Oso”
une a la grandeza de su cocina, la del paisaje que lo rodea. Sólo una
advertencia que me agradecerán, cuando tengan la suerte de estar sentados a su
mesa, pidan con mucho mimo las raciones, porque habitualmente con una ración de
lebaniego de “El Oso” no duden que comerán a la perfección ustedes y los tres o
cuatro de la mesa de al lado. Y no crean que exagero.
Se come muy bien en
Cantabria y si la Comunidad Autónoma además de contar con excelentes pescados,
increíbles mariscos y magníficas carnes cuenta con una organización
turístico-gastronómica como la de Cantabria Infinita, (Consejero de Turismo
riojano, a copiar) el éxito para el gastronómada está garantizado. En la misma
capital, y recorriendo sólo la zona de Puerto Chico, puede encontrar el
visitante una serie de restaurantes donde el comer se convierte más en un arte
que en una necesidad y les estoy hablando del antiguo Zacarías y sus
increíbles tomates en vinagreta de anchoas o en El Serval, un magnífico
refugio, donde la atención al comensal debiera de ocupar lugar de honor en su
magnífica carta o en “La flor de Tetuan”, restaurante que sin duda
ninguna se ha hecho con el cetro de los increíbles pescados y mariscos
cántabros. Y todo eso sin olvidar clásicos como La Bombi, La sal,
donde el sofrito de almejas de Isla merece medalla de honor y La mulata,
que desde hace lustros siguen siendo el orgullo gastronómico de la capital
santanderina. Pero hoy no quiero hablarles de ninguno de ellos. Permítanme que
hoy les hable de La Sixtina (Calle del Sol, 47. Tfno: 942 219595), otro
establecimiento situado en lo que posiblemente sea el círculo gastronómico más
importante de Cantabria. Pero dejémonos de banales descripciones. Permítanme
sólo que les hable de un par de hechos irrefutables que hacen de La Sixtina un
paraíso del viajero perdido. La exquisita, rotunda y sólida cocina cántabra de
María del Mar y la simpatía, cordialidad y compenetración que desde el primer
momento Miguel Ángel sabe transmitir al cliente que le visita. Allí, de un día
para otro y por cariño de María del Mar, tuve la suerte, la gran suerte, de
comer el mejor Ajoarriero que he comido en toda mi vida. Un ajoarriero
memorable, receta de la abuela. ¿Te acuerdas Miguel Angel?
Ya
me imagino que venirles a ustedes, habitantes del país de las maravillas
hortícolas, a contarles cuatro cosillas sobre lo buenas que son las verduras en
París, les parecerá una “boutade”, así que vayan por delante mis
disculpas. ¡Hombre!, la verdad es que no estamos hablando de las verduras de
Calahorra, ni de las de ese lujo europeo que es el valle del Iregua (de “irregare”,
regar), pero si ustedes están en París suban un día, paseando por la Av. Du
Maréchal Gallieri, hasta tropezar con la Place des Invalides y una vez allí
contorneen los jardines por su parte izquierda. La segunda de las bocacalles que
se encontrarán será la Rue Varenne. Pues allí, en su número 84 está el
Restaurante L’Arpege (84, rue Varennes. Tfno: 33 1 47 05 09 06) donde el
Chef, Alain Passard, disfruta cada día sólo con ver lo que las huertas bañadas
por el Sena le han dejado sobre el mostrador de su cocina “triestrellas
michelinada”. Tiene a gala el gran Alain de trabajar las verduras con una
delicadeza y un mimo especial, para lo que empieza prohibiendo que en sus
huertas se empleen medios mecánicos de cultivo, con objeto de asegurarse de que
toda su producción saldrá de los humus de la fértil tierra francesa. ¿Manías?
¿Quién lo sabe? L’Arpege es un restaurante más pequeño que grande, donde una
docena de mesas, repartidas a la española, son atendidas por una pléyade de
camareros con el único objetivo de hacerles glamourosa su estancia. De su famosa
carta “Dejéuner des jardiniers” me van a permitir que me arriesgue a
recomendarles una especialidad que sólo por la sencillez de sus componentes ya
es merecedora de todos los honores y es la de sus increíbles patatas cocidas
que, con mostaza vinagre de Orleans, guisantes y berros, hacen un plato tan
sencillo como asombroso. Háganme caso, L’Asperge bien vale una visita. Que
acierten ustedes en la elección de su amplio menú y no se les olvide reservar.
En aquellos años de mi
vida en Francia tuve un amigo, ahora hace cien años que no le veo, que como
sabía que por Navidad volvía unos días a España, siempre me decía lo mismo:
“Come corderito por mi” y recuerdo que siempre su petición obtenía por mi parte
otro ruego del mismo aire: “Y tú come trufas por mí”. La trufa es un hongo
subterráneo que se encuentra (cuando se encuentra) a unos 30 cms. más o menos de
profundidad y siempre cercana a plantas leñosas. Georges Sand la llamaba “la
patata mágica” y el gran gastrónomo Brillat-Savarin dice en su imprescindible
libro “Fisiología del Gusto” que la trufa es “el diamante de la cocina”, por
algo será. Hay muchas formas de saborear tan delicioso hongo; crudas o cocidas,
en rodajas o ralladas en fino polvo. Como ingrediente le da un sabor inigualable
a muchos platos, aunque dos se llevan la palma en su colaboración gustativa: la
caza y el foie. Se conocen más de treinta especies de trufas pero sin duda la
más buscada, tanto en Francia como en España, es la comúnmente conocida como
trufa de Perigord, con su olor intenso y picante y un sabor agradable, aunque
ligeramente amargo. La mejor época para saborear semejante ambrosía suele ser de
primeros de diciembre a últimos de febrero, aunque los exquisitos sólo valoren
las de la última quincena de enero. Particularmente como más me gustan es a la
“Provenzal” y donde mejor las he comido es en ese trono parisino del buen
yantar que es el restaurante de Michael Rostang ( 20, rue Rennequin. Tfno:
33-1-47634077). Michel celebra su mes de la trufa durante todo el mes de Enero
y, de verdad, si por esas fechas se encuentran en París, una cena bien vale una
visita. Un consejo, coma o cene lo que más le tiente de su magnífica carta, en
la que todas sus creaciones, en esas fechas, son a base de trufas pero es
obligatorio terminar con su “Tarta caliente de chocolate”. Sinceramente, es
obligado
Por
edad, que no por ganas, llegué tarde a probar las mesas del Gran París y no se
crean, no fue más que por una docena y media de años, pero el tiempo pasa y en
dieciocho años la cocina francesa ha hecho mucho camino al andar. De todas
formas permítanme que les cuente una de mis experiencias gastronómico parisinas
más placenteras. No hace mucho, y aunque ya sabía yo que el tiempo no pasa en
balde, quise gozar de una “vrai soirée” parisina cenando en esa
primera espada gastronómica que, por mucho que se empeñe la Guía Michelín, sigue
siendo “La tour d’argent” (15, Quai de la Tournelle. Tfno: (0) 1 4354
2331). Recuerdo que era otoño, que ya estaban cerrando los “bouquinistes”
y que las ocres hojas de los árboles ya iban tejiendo su particular alfombra por
la “rive gauche” cuando, frente a la isla de San Luis, me encontré con “La
tour…” Permítanme un consejo, si piensan ir, en el momento de reservar digan
que quieren la mesa del rincón. Sí, la que da sobre el “quai”. Yo así
lo hice y puedo asegurarles que, viendo cómo el sol se ocultaba tras las torres
de “Nôtre Dame” y poco a poco iba tiñendo de rojo las aguas del Sena,
el espectáculo me resultó de una belleza tan inenarrable que mucho tuvo que
trabajar el “Chef” para lograr que la delicadeza de su comida superase aquel
mágico momento. De todas formas, si van por primera vez, permítanme que les diga
que el plato principal, salvo gustos especiales, debe ser su famoso “Canetón” de
Challans, que no va más allá de ser un pato a la sangre, preparado al estilo de
Rouen y que, después de comerlo, le confirmarán con un diploma a su nombre. que
usted ha degustado el “canetón” 623.458 (y es un ejemplo que se queda muy corto)
de los “canetones” servidos por “La tour d’Argent”. Háganme caso, si
tienen buena cartera sobre todo por la noche, no dejen de hacer una visita a “La
tour d’argent”. La cocina, el ambiente y los sabores de principios del XIX
todavía le están esperando

He estado muchas veces en Londres pero para hablarles de mis experiencias gastronómicas las tres primeras no cuentan. Tres años en los que el verano londinense cayó en martes y en los que quemé mis vacaciones para aprender mi inglés, por otra parte siempre algo “rusty”. Muchos gastrónomos a la violeta cuando les dices que te vas a pasar unos días a la capital inglesa, te dicen aquello de “Pues prepárate a comer mal”. No teman ustedes, no tienen razón, ninguna razón. Lógico es que si ustedes se van a comer a esos “lunch corners” que rodean Picadilly o Leicester Sq. el resultado no es que no sea brillante, es que estará rondando el mate, cuando no el jaque mate. Y como estamos hablando de comer en Inglaterra tampoco me vale que, para hacerlo bien, visite ese centro de culto que es “La Gavroche” (43 Upper Brook Street . Tfno: 20 7408 0881), porque lo que usted probará no es una extraordinaria cocina inglesa, sino una extraordinaria cocina francesa hecha en Inglaterra. Lo que no es lo mismo. Estamos hablando de comer en Inglaterra y para hacerlo estarán de acuerdo conmigo en que lo primero que nos hará falta será contar con una buena materia prima y no me negarán que los lenguados de Dover, el salmón escocés, las ostras de Hastings, esa repostería a base de mantequilla finísima, esa deliciosa mermelada de naranja amarga (por cierto hecha con las naranjas de Sevilla) mil veces imitada y nunca igualada, o esos quesos, desde el “stilton” al “blue Cheshire”, no están entre lo más selecto que pueda encontrarse. Y si quieren comprobar que todo lo que les estoy contando es cierto, la próxima vez, vayan a Picadilly Sq., suban paseando por Regent St y en la tercera o cuarta bocacalle a la izquierda se encontrarán con la calle Swallow y allí en el número 11 está “The Bentley’s Oyster Bar”( 11, Swallow St. Tfn: + 20 7734 4756). Háganme el favor de visitarlo y ya me dirán si todo lo que les he dicho se ajusta o no a la realidad. ¡Ah!, y reserven mesa, sobre todo por la noche.
Pues
ahí donde lo ven el humilde Clupea arengas, que puebla el Atlántico y
sobre todo el Mar del Norte, después del bacalao, es el pescado más capturado
por el hombre. Por algo será. En su honor hay pinturas prehistóricas que
ilustran su captura y nos revelan que ya desde tiempos inmemoriales el arenque
formó parte de nuestra dieta. El arenque no se encuentra en el Mediterráneo,
cuyas aguas son demasiado calientes para su gusto, pero en el Báltico, cuando el
año viene como debe, son ingentes las cantidades que pueden pescarse de este
teleósteo. Y tuvieron que ser los holandeses los primeros en practicar su pesca
a gran escala y quizás por eso hoy son sus primeros consumidores. Hay varias
formas de disfrutar de este pececillo tan delicioso, deshidratado, ahumado,
crudo, en salazón (“soldao viejo” en La Rioja), fermentado, marinado… etc.
aunque en España sea precisamente esta última la que más aceptación tiene entre
los escasos consumidores de este gran pescado. Yo los he comido en “Horcher”
(Alfonso XII, núm. 6. Madrid. Tfno: 915220731) donde los arenques marinados, con
crema agria, manzana y cebolla fresca, forman parte tradicional, en invierno y
verano, de su esmerada carta. También los he comido magníficos en “Viridiana”
(c/ Juan de Mena, 14- Tfno: 91-5311039- Madrid), ese centro de la gastronomía
madrileña al que el inimitable Abrahán García mima como hijo suyo que es. En
esta ocasión Abrahán me sorprendió con un glorioso arenque marinado, reposando
sobre unas láminas de naranja dulces como la miel y que sólo estaban esperando
el sorbito de Vodka para que secase el dulzor de la vinagreta. Con un Chadonnay
2011 de Viñas del Vero, buena compañía y tiempo suficiente para disfrutar de la
mesa, les aseguro que se formó un entrante que pocas ganas daba de seguir
adelante
Comer
en Pamplona les aseguro que es todo un lujo, aunque posiblemente sea hoy, San
Fermín, el día menos recomendable para hacerlo. De entrada, reconozcamos que la
cocina navarra y la riojana son como esas familias de las que no se sabe bien su
parentesco, pero que como dicen por nuestra tierra “se dan un aire”. Mismas
excelentes verduras, misma casquería y si al ajo arriero lo echamos a pelear con
las patatas con chorizo y a los chuletones de Roncesvalles con los lechales de
Cameros, no crean ustedes que nadie va a rasgarse las vestiduras.
Particularmente me van a permitir ustedes que les recomiende un par de
establecimientos, uno de “toma” y otro de “daca”, con la seguridad de que mi
recomendación no va a defraudarles. Si quieren probar una cocina sólida,
responsable y arraigada al terruño, como todo buen navarro, hoy la visita
obligada es al “Rte. Europa” (Espoz y Mina 11. Tfno: +34 948 22 18 00),
donde con unas materias primas extraordinarias los hermanos Idoate, con Pilar
como “primus interpares”, cada día se esfuerzan en que comer sea algo más que
hacer lo que dice el diccionario. Y el segundo, y no van clasificados por orden
de calidad ni de importancia , permítanme que les abra la puerta del restaurante
"Rodero" (C/Emilio Arrieta 3. Tel 948 228035) donde el "chef
"Koldo, acompañado de toda su familia, se esforzará desde el primer momento en
hacer que usted se sienta como en su casa, desvelándose para hacer que entre sus
creaciones, pase usted el "ratico" gastronómico más glorioso de su cocina, no
por internacional menos pamplonesa. Háganme caso y elijan cualquiera de los dos.
Seguro que no se equivocan. (Y si el bolsillo se lo permite, los dos.) De nada y
¡Viva San Fermín!
Decía
mi maestro Fernando Díaz Plaja que en castellano no vale con atribuir un
adjetivo calificativo para adornar al nombre con una característica determinada.
En cualquier lengua cuando a un interlocutor le dices, por ejemplo, que el café
es bueno o el jamón malo, corrientemente no le hacen falta más datos para saber
que le estás hablando de un buen café y de un mal jamón. En castellano no. Aquí,
para que el café sea bueno, ha de ser “bueno, bueno” y el mal jamón no puede ser
otra cosa que “malo, malo”. Partiendo de esa base debo reconocer que, sin
menospreciar a ninguna, las dos cocinas que más aprecio son la norteña y la
catalana. Y hoy permítanme que le dedique estas líneas a la catalana. Creo que
fue el príncipe Curnonsky, ese “gastronómada” imprescindible, quien escribió
“Que las cosas tienen que saber a lo que son”. Pues en base a eso y si de lo que
vamos a hablar es de la cocina catalana, permítanme que les hable, antes de
nada, de ese “Suquet de Peix” (“suquet”, viene de “suquejar” que en castellano
significa “soltar jugo”) y que es plato mediterráneo que carece de receta
determinada, pues todo depende de los pescados que se encuentren por su litoral
y la “picada” que cada chef cocine (“picada”: masa confeccionada con
almendras tostadas, rebanadas de pan, perejil, ajos, unas hebras de azafrán,
sal, pimienta y aceite de oliva). Particularmente el mejor suquet que he
tenido la suerte de probar, bueno, bueno, ha sido el que sirven en ese trono de
la comida catalana, sólido y honrado, que es el “Rte. Hispania”
(c/ Camí Ral de Canyadell. Arenys de Mar. Tfn: 93 7910306) donde las hermanas
Paquita y Lolita cada día se esfuerzan en hacer de la sinceridad cocinera un
arte inimitable. Por favor: indispensable terminar con su “crema catalana”.
Avisados están.
Y
tuvieron que ser los olmecas, unos mil años a.C. los primeros humanos en
saborear en forma de bebida las bayas de cacao molidas y mezcladas con agua y
especias. De los olmecas pasó la costumbre a los mayas, de estos a los aztecas,
luego a los conquistadores y de ahí a todo el Viejo Mundo. La primera referencia
que se tiene de este fruto es cuando, en 1502, Cristóbal Colón fue obsequiado en
Guajana (Honduras) con unas bayas de cacao que por aquellas épocas los naturales
empleaban como moneda de cambio. Con estas bayas hicieron una bebida de sabor
amargo que realmente a los españoles les pareció desagradable. Pero pasaron 17
años y esta vez fueron los aztecas los que ofrecieron a los españoles una bebida
que ellos llamaban “tchocolat” y en las que las bayas trituradas las mezclaban
con maíz molido, vainilla, pimienta y guindilla. También, muy cortésmente,
Cortés dijo que aquello se lo bebiera Moctezuma. Pero en 1520, más o menos, el
chocolate llegó a España. Y en España cuentan que unas monjitas (¡siempre unas
monjitas!), para quitarle al líquido el sabor amargo, le añadieron azúcar de
caña y canela. El lío estaba armado y el chocolate con picatostes, en mesa
camilla y con el cura, el boticario y el maestro, hablando de que un día vendrán
los liberales, pasaron a formar parte de nuestra cultura nacional. Hoy parece
que Austria es la patria del chocolate, mérito que sin duda se lo da su famosa
tarta Sacher que, como es obligatorio, hay que comer en Viena, frente a la
Ópera, en el “Café Sacher Wien” (Philharmonikertrasse núm. 4- Tfno: + 43(01)- 51
4560). Pero, para disfrutar de un chocolate delicioso, afortunadamente los
logroñeses no debemos ir tan lejos. Háganme caso y dense una vuelta por la
“Cafería Viena” (c/Muro de la Mata, núm. 7. Tfno: 941-201049) y allí, en su
terraza, cara a cara con El Espartero, pidan que les sirvan un surtido de
bombones. Seguro que usted y su salud me lo agradecerán. Dicho queda.
Aunque para gustos están los colores, pocos son los que no aprecian en lo que
valen los platos de caza, sea mayor, menor o esa maravilla gastronómica que,
además de volar, se llama becada y por el norte de la península llaman “sorda”.
Pero, si hemos de coronar una especie volandera, difícil será quitarle el puesto
a nuestra autóctona perdiz roja, nuestra entrañable “patirroja”. Decir cuál es
la forma ideal para su condimentación se convierte en un enigma imposible de
desentrañar. Estofada con mucha cebolla, como en “Venta de Aires”, Paseo del
Circo Romano 35. Tfno: 925-220545, en la inmortal Toledo, o en escabeche, como
la que tuve la suerte de probar en el humilde restaurante “Navas de Tolosa”, en
la Autovía de Andalucía Km. 266, en La Carolina (Jaén), Tfno: 953-660395. La
carne de la “patirroja” sigue sabiendo a jara y tomillo, a rastrojo y laurel.
Por algo Francisco Rojas Zorrilla, allá por el siglo XV, dejó escrito en su
comedia “Entre bobos anda el juego” que: “(…) pelarlas dentro de casa /
perdigarlas en la brasa, / y puestas en el asador / con seis dedos de pernil, /
que a cuatro vueltas o tres / pastilla de lumbre es, / y canela de Brasil: / y
entregarlas a Teresa, / que con vinagre y aceite / y pimienta sin afeite, / las
pone en la limpia mesa, / donde en servicio de Dios, / una yo y otra mi esposa
/ nos comemos, que no hay cosa / como a dos perdices dos.” Particularmente las
que en Horcher (Alfonso XII, núm. 6. Madrid. Tfno: 915220731), siguen sirviendo
“a la prensa”, les aseguro que es algo de lo que ahora hay que aprovecharse,
porque dentro de poco desaparecerán. Imagínense en su plato una perdiz estofada
y deshuesada, pero a la que, antes de presentársela, delante de usted y con una
prensa, todo el esqueleto de la “patirroja” se va comprimiendo hasta que
comience a resbalar un néctar glorioso, que luego, sobre la carne de la perdiz,
termina un plato verdaderamente fuera de serie. De corazón se lo recomiendo y no
se preocupen, que otro día les contaré las cosas de ese Horcher, honra de la
gastronomía madrileña.
En
estas tierras riojanas, y no son las únicas, parte importante de las
festividades que puedan celebrarse es el gaudeamus que sirve de excusa y no al
revés. ¡Que aproveche!, decimos en España al iniciar el ágape, “¡Bon appétit!”,
dicen los franceses en situación similar. Parece lo mismo, pero no lo es. En
castellano deseamos que nos siente bien lo que comemos, los franceses nos desean
que tengamos ganas de comer. Hay diferencia. Dentro de un par de días, si Dios
quiere, para festejar a su santo patrono los logroñeses podrán, si lo desean,
comer peces fritos; pero hoy todavía es día 9, el día de la Rioja. Y es en
nuestra Rioja donde el 6 de agosto, en Quel, en la ermita de la Santa Cruz se
regalarán a los asistentes trozos de pan y de queso; donde el domingo anterior
al 21 de Septiembre y con la excusa de que es “San Queremos”, en Baños se
llenará la Plaza Mayor para celebrar el Festival del chorizo de Baños de Río
Tobía; donde a finales de Noviembre, de la mano de la Asociación Cultural
Aidillo, Anguiano celebrará su Día de los “caparrones coloraos”; donde, según
venga el tempero, por allá, a finales de Abril, Calahorra expondrá esa gloria
bendita que crían en sus huertas y que en su humildad ellos llaman verduras”;
donde a fin de año, en Nalda, y para no ser menos, se conmemorará “El Día de la
Pasa de Ciruela Claudia”, esa reina de las compotas, secada en cañizos al sol y
luego ventilada en las umbrías soledades del alto y donde el primer domingo de
Julio, Villoslada y los pueblos del Valle celebrarán “El Día de la Caridad
Grande”, regalando a todos los visitantes unos hermosos bollos de pan y unos
trozos de cordero. Y esas pochas en San Mateo, y esas chuletillas asadas a la
puerta del “calao”, y ese patorrillo de Navidad, y esos rusos de Alfaro, y esos
fardelejos de Arnedo, y…y… y… pero no vamos a seguir, de verdad, porque sólo con
contarlo… De todas formas, y sin chauvinismos, sólo se ha tenido que viajar un
poco para poder decir: ¡Cómo se come en La Rioja! Así que, ¡Viva La Rioja!, buen
apetito y que aproveche
Hace
cuarenta y dos años, mes arriba, mes abajo, me fui a trabajar a Francia por una
corta temporada que a mí me pareció eterna y fue allí donde, por primera vez,
este riojano de rastrojo y sementera vio que los franceses (¡estos franceses!)
se comían los erizos de mar (les oursins). Luego, y una vez ya viviendo
en suelo patrio, fue en Cadaqués donde vi a los franceses en masa meterse con
alpargatas de goma a pescar erizos con el agua a la rodillas. Y tuvo que ser
muchos años después, en un bar-restaurante de Gijón (curiosamente los gallegos
no suelen ser muy amantes de este equinoideo y la mayoría de los que cogen
acaban en Asturias), donde me propusieron comer un revuelto de erizos y no me
caí de la silla porque estaba bien sentado. Aquello no era un revuelto de
erizos, era una ambrosía de Neptuno y familia. Y como, gracias a Dios, mi tocayo
Camba tiene unas líneas dedicadas a este marisco en su libro “La casa de Lúculo”,
permítanme que las corte y las pegue porque nadie mejor que él para escribir
bien, lo que yo les estoy contando mal: “… El erizo es un extracto de mar, un
hálito de borrascas, una esencia de tempestades. Al primero que uno se toma, la
boca no se le hace simplemente agua; se le hace agua de mar, con todos los
olores y los sabores marinos. Y después de tomarse quince o veinte docenas
-porque el tomar este marisco no es ni comer ni beber, sino respirar en pleno
Océano-, la más fina langosta le sabrá a uno a galápago y las mejores almejas a
neumático de automóvil”. Y es que decir mar es decir erizo. Particularmente
los mejores que he comido son los preparados en su crema que servían hasta hace
poco en ese palacio del gastrónomo que tiene Barcelona y del que un día
hablaremos y se llama Vía Veneto (Ganduxer 10- Barcelona- Tfno: +34 93 200 72
44). De todas formas, si en el primer trimestre del año pueden comerlos, sea
donde sea, o bien crudos o en un revuelto al baño de María, me lo agradecerán.
Según
la RAE se entiende por casquería la tienda donde se venden las vísceras y los
despojos de las reses, pero por metonimia con ese mismo término aludimos a los
productos, siempre deliciosos, que se venden en dichos establecimientos. Como es
fácil de comprender no es de hoy el consumo de la casquería; griegos y romanos
ya la consumían y, a mayor abundamiento, en los Colegios Mayores españoles y
durante los siglos XVI y XVII hasta quedaba reglamentado que la comida de los
sábados sería a base de “menudos, casquería y livianos” siendo así que en “El
libro de cozina” de Domingo Hernández de Maceras (Cocinero Mayor en Salamanca en
1607), se trata con amplitud este tema de la comida de los sábados. Aquí en
España, el plato rey de la casquería siempre ha sido los callos a la madrileña y
de entre todos ellos invariablemente destacaban los que en el Jockey (c/Álvaro
de los Ríos, 6. Tfno: 913192435) de Clodoaldo Cortés servían con maestría sin
igual. Hoy en día los mejores callos que últimamente he comido han sido en el
Restaurante Akelarre (c/ Padre Orkolaga, 56. San Sebastián. Tfno: 943311209),
plato que Pedro Subijana esconde bajo el nombre de “Callos de ternera en salsa.
Cocina tradicional”. Pero no pensemos que los diferentes productos de casquería
son manjar típicamente español, Francia tiene una amplia tradición en estos
productos y sus grandes “chefs” no se olvidan de la casquería cuando conforman
sus cartas de lujo. Precisamente en Francia la mejor casquería que he comido fue
en
L'Auberge
du Pont de Collonges, buque insignia del gran Paul Bocusse (40, Quai de
la Plage. 69660 Collonges au Mont d'Or. Tél. 04 72 42 90 90.
Allí
los “Rognons de veau à la dijonnaise” (Riñones de ternera con
salsa de Dijon) o las “Ris de veau aux écrevisses” (Mollejas con salsa de
cangrejo) alcanzan la categoría de sublimes.
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Se
sabe que este simpático animal (cobaya en castellano) se expandió por todo el
territorio andino unos 9.000 años a.C. Sus restos, encontrados en los
enterramientos del cerro Sechín (cultura pre-incaica), así lo demuestra. Ya en
el imperio Inca, con su perfecta
organización social, una frase : “ JAKATA HUATAY HALLITA MIKYNAY QUIPAC”
(Cría el cuy para que te alimentes bien), pedía a los naturales de aquellas
tierras que prestaran al cuy la atención gastronómica que sin duda merece, por
la riqueza en proteínas de su carne.
Larco Hoyle, investigador, señala en su
libro "Los Mochicas" que en la mayoría de las tumbas de esta cultura se han
encontrado restos alimenticios del cuy y pensemos que cuando estamos hablando de
la cultura Moche o Mochica, estamos hablando de los años 100 a.C al 700 d.C. Hoy
en día, el verdadero protector del cuy es el sentir popular. Dª Rocío Orihuela,
lo aclara lo sufici
ente.
“A todo el mundo le gusta, pero son pocos los que lo consumen porque “les da
cosa”. Nunca mejor explicado. ¿Quién se comería a un animalito al que los niños
llevan de mascota? Yo la primera vez que lo comí lo hice en el Restaurante de Dª
Rocío. “ El Tarwi”, Pasaje
Ayulo, 131, Jesús María- Lima. Tfno: (01) 423 2389 y recuerdo que aunque asado y
bien torrado como un lechoncito, es un bocado exquisito yo tomé el “Picante de
papas caracino (1) con el crujiente de cuy frito”. Inolvidable.
(1) Caracino es de Caraz, capital de la provincia de Huaylas a orillas del Santa
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Así a primera vista parece que nos estamos refiriendo a la famosa pasta italiana, pero que nadie se equivoque ya que nos encontramos frente a uno de los “petit-fours” (pastelillos) más deliciosos del mundo. Su patria es Francia aunque su historia los hace provenir de Italia, allá por los tiempos del Renacimiento. Poco, de ahí su dificultad en la fabricación, les hace falta a estos pastelillos para coronarse su indiscutible cetro: clara de huevo, almendra molida, azúcar glass, azúcar y la crema (“ganache”) que hayamos decidido para el relleno (particularmente siempre me decanto por la de rosas). París, ¡siempre París!, tiene un día al año dedicado a esta “delicatessen”. El 20 de Marzo todas las pastelerías que lo deseen regalan “macarons” a cambio de un donativo que se dedicará a obras humanitarias. Pierre Hermé el más aclamado pastelero francés, es famoso por sus “ macarons”. Comenzó a los 14 años como aprendiz con el gran Gastón Lenôtre y con sólo 24 años pasó a ocuparse de la casa Fauchon, donde permaneció 11 años para más tarde, participar en la expansión de la antigua casa Ladurèe. Actualmente, como Ladurèe, posee una cadena de pastelerías repartidas por todo el mundo. Hoy en día, en París, pocos metros separan los obradores de los grandes maestros. Pierre Hermé en el 4, de la Rue Cambón (0) 1 43 54 4777 y Ladurèe en el 16, de la Rue Royal (0) 1 42 60 2179. Particularmente es aquí donde suelo comprarlos habitualmente, más por comodidad que por excelencia, que todo hay que decirlo.
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En la provincia de Badajoz se encuentra sin duda el pueblo más portugués de España. Se llama Olivenza y a lo largo de su dilatada historia ha estado en un permanente ir y venir de Portugal a España y de España a Portugal. Ir y venir que terminó definitivamente cuando en 1801, las tropas españolas, mandadas por el siempre controvertido Manuel Godoy, tomaron la plaza definitivamente, en la que gracias al ramo de naranjas que D. Manuel envió a la Reina María Luisa de Parma se dio en llamar “La guerra de las naranjas”. Desde entonces el Guadiana es la frontera. Variable frontera, pero frontera al fin. Yo me permito recomendarle una visita a Olivenza y si es en pleno agosto mejor, porque pasear por esas estrechas calles, donde la sombra es más sombra, es toda una experiencia que estoy seguro que me agradecerán y ya puestos a callejear no dejen de pasear la calle Moreno Nieto porque allí en el nº 11 se encuentra la Pastelería Fuentes (924-490169), auténticos creadores de esa especie de tarta maravillosa llamada Técula Mécula, que aunque con un diámetro aproximado de 200 milímetros pesa alrededor del kilo y medio.
La Técula Mécula, un dulce posiblemente de origen portugués, es una sabía composición de yema de huevo, almendra, azúcar, tocino y hojaldre para forrar, que estoy seguro, satisfará hasta a los paladares más exquisitos. Actualmente la pastelería está regida por las hijas de sus fundadores y pueden bajo pedido hacer llegar sus productos a cualquier parte de España. Sólo una advertencia si deciden a probarla, dejen en sus estómagos espacio suficiente para el postre. El que avisa no es traidor.
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Anda que no le habrá quitado hambre al mundo la humilde patata, ese tubérculo que hace ya más de 7.000 años se cultivaba en el altiplano de América del Sur y que fue traído al Viejo Mundo por los españoles. Hoy la verdad es que de patatas, hay cientos y posiblemente me quede corto, de tipos y especies distintas. En nuestra tierra, las patatas con chorizo, alcanzan la categoría de manjar real, (Sirva como referencia lo ocurrido, hace ya demasiados años, al gran Bocusse en CVNE) pero cocidas, fritas, rellenas, “a la importancia” y hasta simplemente en puré,¡Cuanta hambre no habrá quitado al mundo el humilde tubérculo. En Bolivia, cerca de la Puerta de Tiwanaco y a casi cinco mil metros de altitud, comí unos deliciosos postres efectuados con chuño, que no es otra cosa que la harina que se obtiene de la patata deshidratada y triturada por los pies de los indígenas y que puede conservarse en esas altitudes durante años-
Pero hablando de patatas es obligatorio hablar de nuestro plato, casi nacional. La tortilla de patata, reina de nuestras “tapas” y delicia gastronómica sin par. Con cebolla o sin cebolla, recién hecha o de un día para otro, pocos españoles hacemos ascos a la exquisitez de ese modesto manjar. Particularmente, me gusta con mucha cebolla y aparte de la que como en casa de mi hermana, la que hacen en la cafetería Oslo (Doctores Castroviejo 38), no es de despreciar. Y lo mejor que en cantidad y calidad la hacen con continuidad.